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Ponerle la coleta al burro

Del "que viene al lobo" al "ponerle la cola al burro" hay un paso muy pequeño. Más en este país nuestro de extremismos y rarezas. En el que se rien las gracietas del pequeño Nicolas y se rinde pleitesía a la aristocracia de MHYV.

Y ese radicalismo y populismo y —no se puede negar— falta de madurez y formación que también caracteriza a la patria grande de los ni-nis, se extiende a la política. 

Radicalizada desde finales del siglo XIX, la sociedad española se divide abiertamente en rojos y azules. Y, desde entonces, no ha dejado de alzar a los altares políticos a sus héroes del momento. Pasó con Felipe González, también con Aznar y Zapatero, menos con un Rajoy que escondido tras el plasma de un televisor no ha sabido acercarse a los suyos. Y ahora nuevamente, se ensalza a nuevos próceres: Rivera e Iglesias se convierten en los rivales a batir, los que copan las portadas y los televisores dejando a un lado a los viejos caciques de los viejos partidos.

Lanzando al aire premisas antiguas revestidas de nuevas, ambos logran alentar a los "suyos", a los nuevos colores que vienen a incluirse a los viejos, el naranja y el morado, que se unen al rojo y el azul. Colores nuevos, sí, pero colores que no hacen más que dividir a la población; que provocan debates, discusiones e insultos entre los que no debería dividirse por collares, entre los que deberían ponerle "la coleta al burro" sabiendo que este, el burro, sigue siendo el mismo sin importar el color que ahora quiera vestir.

Y lo muestran, una y otra vez, en cada presencia en televisión, en cada proclama enviada a los suyos y los de otros: palabras que demuestran que el burro, con o sin coleta, azul, rojo, naranja o morado, sigue siendo el burro. El que se empecina en avanzar detrás de su zanahoria particular revestida de sillón azul oscuro, el que ocupa el gobierno, pero se olvida en su caminar de los que cosechan su zanahoria, de los que con su sudor y su sufrimiento y su esfuerzo y su trabajo, logran mantener en pie este país de locos que se divide en colores y que convierte su política en un absurdo cubo de Rubick dónde todo es igual aunque parezca distinto. Porque en el fondo, sin importan cuantos diferentes se sienten en el congreso, todos comparten la misma característica: son profesionales de lo suyo —la política—, y los son los nuevos y los viejos, los rojos, los azules, los naranjas, los morados y los que no tienen un color que les defina. Todos profesionales que han olvidado el verdadero espíritu de la política: el servicio.

El servicio al ciudadano, al Estado, a los nacidos y los venidos a esta tierra. El servicio por los más necesitados: por los ancianos, por los sintecho, por los niños, los enfermos, los parados. El servicio a los migrantes, a los que se van y los que vienen.

La política debería ser un servicio no una profesión altamente remunerada. No una salida fácil a los cachorros coloristas de los partidos —nuevos y viejos—; y en eso se ha convertido: en una forma de vida y mientras eso no cambien, no habrá nada nuevo en nuestro arco iris: solo un burro al que ponerle complementos.

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