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Aventuras de Fernán Garcés (IV)

Durante el siguiente día recorrí la ciudad, guardado siempre por hombres de Abdul Hamman que ejercían de captores y protectores por igual, caminando a mi lado en silencio. Tan amenazadores que nadie osó en esos días acercarse hasta mi o, tal vez, nadie me asociase al ataque que sufrió la ciudad casi diez años atrás. Fuere lo que fuere, la tregua ofrecida por la protección de Hamman me permitió recorrer el mercado y entablar conversación con los mercaderes. Seguro de que mi presencia no perturbaba a los portugueses comprendí que la mejor opción para completar la misión que me encomendase mi señora la reina era don Joao Afonso, alcaide de la ciudad. Pero para ello necesitaba acceder al interior de la fortaleza circular pero bien sabía Dios que eso sería imposible para un simple capitán castellano como yo. Quizá Hamman pudiese abrirme esas puertas, pero no estaba en mi ánimo el confiar en el moro aquella necesidad.  Aunque, tal vez, si lograba hablar a solas con Diego este pudiera convertir lo imposible en milagro.

Y el milagro se produjo la tarde del segundo día, cuando Diego accedió a mis habitaciones para visitar a un viejo conocido que podría cruzar nuestra expedición hacia tierra de negros; atravesando la bahía que nos separaba de tierra para dar encuentro a los caravaneros que nos llevarían hasta Gao. Salimos del palacio de Hamman con el sol en alto y el cuerpo perlado de sudor por el calor sofocante de un día en el que las calles parecían arder con fuego propio.

—Nadie desea llevaros hasta la costa— fueron las palabras de Diego cuando, por fin, nos encontramos solos, ocultos del sol bajo el toldo de acceso a la casa del mercader.
—Necesito hablar con Joao Afonso, Diego. Necesito cruzar y marchar a Gao.
—Ese cofre que portáis, Fernán, es vuestra perdición. Muchos ojos se han posado en él —me confió— y solo Abdul los separa de ti. Debéis cuidar vuestra espalda si deseáis cumplir esa misión que os ha traído tan al sur.
—Debo continuar con ella, y no habrá nada que me detenga…
—Fernán ¿cuánto ha que nos conocemos? Confiad en mi y decidme que es eso que se esconde en el baúl —había puesto sus brazos sombre mis hombros y me miraba fijamente a los ojos. Entonces comprendí que estaba solo en aquella isla y que ahora, más que nunca, debería lograr acercarme al alcalde—. Decídmelo y os llevaré hasta don Joao.
—Sea al revés, Diego: llevadme ante don Joao y os revelaré mucho más de lo que deseáis: el verdadero motivo de mi viaje a Gao. Os aseguro, viejo amigo —escupí aquellas palabras que habían dejado de tener sentido en mi vida— que será negociado más lucrativo para vos que el simple contenido de un viejo arcón cargado de ropajes.

Conocía a Diego y sabía que, como antiguo pirata, si lograba despertar su curiosidad lograría de él lo que deseaba. Y lo único que anhelaba en ese momento era adentrarme en la fortaleza y llegar hasta el señor de la isla.

—Sea— dijo Diego finalmente—, pero sabed que Joao Afonso lleva pocas lunas al frente de esta isla y que la sombra del de Evora —dijo refiriéndose al antiguo alcalde que gobernase férreamente la zona durante una decena de años— es alargada. Si él estuviera aun al mando ni la protección de Hamman os hubiera salvado de morir a manos de aquellos que recuerdan vuestra última visita cada vez que ven las marcas que el fuego dejó sobre sus vidas —me sorprendió aquella revelación que convertía a Abdul en mi protector frente a las amenazas que me lanzaba aquel en el que había confiado—. Esta noche visitaremos al alcalde— concluyo Diego.


Quedé abatido ante lo que acaba de descubrir, pero intenté negarme que Diego pudiese traicionarme. El era mi esperanza de volver a Cádiz y a él había confiado La Gitana y mi tripulación. Debía lograr atraerlo hasta mi y aquella noche sería mi última oportunidad de recuperar su lealtad, librarme de la protección que ejercía Abdul Hamman y que coartaba mi libertad y dirigirme a la costa para adentrarme por las rutas caravaneras hasta Gao y su rey de ámbar.

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