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En sus zapatos

La Historia de la Humanidad está llena de migraciones. Desde los llamados Pueblos del Mar, hasta las más recientes migraciones africanas (y asiáticas) que —en periplos tan duros como largos— han buscado en la vieja, democrática y rica Europa un lugar en el que sentirse seguro.

Una Europa que ha conformado su cultura gracias a la mezcolanza de personas, razas, credos y "culturas". Una Europa que no sería lo mismo sin la tradición helenística, la herencia romana (desde el derecho hasta el latín), la fragmentación goda y sus usos políticos diferentes. O de la influencia del cristianismo, pero también del islamismo en la medicina, las artes o las ciencias.

Una Europa que debe seguir creciendo fuerte y unida en la mezcla de sus gente. Una Europa "erasmus": de niños nacidos de matrimonios mixtos, de hijos de padre español y madre danesa. De padre holandés y madre griega; que olviden el nacionalismo patrio rancio de fronteras tan legales e históricas como innecesarias en un mundo global.

Pero, además, Europa ha sufrido las guerras en carne propia —aunque ahora parezcamos olvidarlos de eso—. Guerras civiles e internacionales que han provocado oleadas de refugiados: desde los republicanos de nuestra Guerra Civil hasta los judíos y polacos de la II Guerra Mundial, pasando por los que huyeron del comunismo saltando un muro de la vergüenza que hoy mismo vuelve a elevarse con nombre de frontera europea.

Ahora algunos meten el miedo de la llegada de terroristas entre los refugiados, como antes dijeron que los africanos que huían de sus guerras —esas lejanas y olvidadas— traerían enfermedades. Ya no recordamos el Ébola más que con un vago hecho pasado; igual que mañana olvidaremos el terrorismo. Igual que ahora no nos acordamos del pequeño bebé anclado en la orilla de un gran cementerio marítimo.

Y yo, que soy de Cádiz, ciudad cosmopolita, que ha visto embarcar y desembarcar en su puerto a hombres, mujeres y niños que buscaban una vida mejor en América, unas veces, en Europa otras; que vivo en una región que conoce el drama de la migración en primera mano; no puedo más que pensar que, en el fondo, somos egoístas. No xenófobos ni ignorantes, simplemente egoístas. Con ese egoísmo que nos impide tender la mano al otro por miedo a que nos coja hasta el brazo. Sin olvidarnos que, igual que ayer, y que, quizá, mañana nosotros también terminemos migrando y, entonces, querremos una sonrisa amiga que nos reciba en nuestro calvario.

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