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De agobios y playas

Me agobio, como se agobian los niños pequeños cuando no logran su objetivo. Me siento un pequeño gran niño caprichoso que es incapaz de alzarse con la piruleta ganadora. ¡Quiero mi chupa-chúps! que no tiene nada de perita en dulce o manzana caramelizada, es más un tocho de 700 páginas y temática clara: familias gaditanas. Y me agobio, me agobio porque tengo la sensación de no llegar a tiempo, de ir corriendo sin ser capaz de disfrutar de algo que me gusta. Me agobio porque quiero que este lo mejor posible, por todos esos que han confiado en mi: mis directores de tesis (en especial Rafael que me ha aguantado desde el principio) y mis padres. 

Y, para colmo de males, tuve la genial de idea de meterme en un master de gestión cultural, que uno a mi trabajo y mis temas propios. Y aumento el agobio y, paradójico, no me da por comer, sino por escribir, pero como escribo sentado —a día de hoy no he aprendido a hacerlo en pleno vuelo sin motor— parece que la cosa es similar. Todo el mundo quejándose de que con el stress adelgaza y yo que reboto, literalmente si me caigo, y parece que engordo. 

Me he comprado una bici estática que ahora compagino con la lectura de "Una última cuestión" de Carmen Moreno, por eso de que es un libro finito y puedo sostenerlo entre mis manos mientras pedaleo sin necesidad de hacer pesas como me ocurrió con el último de Ken Follet. Pero ni por esas, no las pesas, pierdo un ápice de mi gracia exterior. 

Y me agobio, porque ni termino la tesis, ni acabo el master, ni finiquito la novela, ni pierdo un ápice de peso por culpa del stress... así no hay quien viva. Será mejor que me vaya a la playa y me relaje.

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