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Crisantemos (VI)

No sabría decir que afectaba a su ánimo, seguramente la pequeña caja que escondía bajo el capote mientras caminaba por las calles de Londres en dirección a su destino. No le gustaba el juego en el que había entrado, estaba habituado a realizar su trabajo de forma limpia, rápida y sencilla. Además, siempre había escogido con cuidado sus clientes pues no deseaba que la conciencia le impidiese dormir cada noche. Tratando de convencerse de que era un protector para los indefensos. Pero ahora había entrado en el juego equivocado. La joven embarazada del parque no había vuelto a responder a sus misivas y su cliente real había resultado ser una exótica y atractiva hindú, que le recibía en un apartado fumadero de opio y le entregaba extraños presentes para su víctima. Y, lo peor, aun no sabía que mal había cometido éste. 

Decidió su siguiente paso casi sin pensarlo y, antes de lo esperado, estaba ante la casa de la criada a la que había engatusado. Entró con soltura, subiendo los escalones que separaban el desvencijado portal de la calle con energía y accediendo al edificio sin esperar que nadie le abriera. Cruzó el pasillo y atravesó la puerta de su efímera amante sin decir palabra. Esperaba encontrarla en la casa, pues sabía que a esas horas el señor le daba libertad. Además, desde que recibiese la serpiente, había expulsado a parte del servicio y solo mantenía en la casa a la vieja ama de llaves.

-¡Darlyn!- dijo sin recordar el nombre de la chica -¿Estás en la casa?.

Dejó la caja en un rincón de la pobre habitación, echando sobre ella la capa y el bombín, esperando ocultar el movimiento de lo que se escondiera, pues no había tenido valor de abrirla en la calle y aquel tampoco era el lugar para matar su curiosidad. Al no recibir respuesta, se dirigió a la pequeña alacena que hacía veces de cocina y tomó un vaso de agua mientras miraba despreocupado por el sucio cristal de la ventana. Y, entonces, lo vio. El hombre al que debía matar estaba apoyado contra la pared del edificio de enfrente y le miraba fijamente. No necesitaba verle claramente para saber que había ido a buscarlo y que sabía dónde debía buscarlo. Se apartó de la ventana y abrió la puerta principal pero, en el último instante, volvió al desvencijado butacon y se sentó. No sin antes asegurarse de que podría echar mano fácilmente al revolver si lo necesitase. 

No habían transcurrido cinco minutos cuando el oficial apareció ante él. 

-No esperaba que fuerais así -dijo impetuoso-. Habría deseado enfrentarme a un caballero y no a un simple perdonavidas portuario. Pero ya veo que mis enemigos no han podido encontrar nada mejor.
-¿Qué sabes de tus enemigos?- preguntó Roman sin alterarse, acostumbrado a que confundieran su origen social.
-Mucho más de lo que debería, supongo. Imagino que esa es la razón por la que desean acabar conmigo a pesar de la distancia.
-No hay distancia suficiente para evitar que el pecador cumpla su penitencia -dijo recordando la frase que el padre O'Malloy le repetía en el colegio irlandés en el que había estudiado.
-No hay pecado -mintió-. Y la India está demasiado lejos. No sé qué desea de mí la Logia, pero no he cometido delito contra ella ni contra la Corona.

Roman no respondió. Le miró, esperando que diera más información sobre esa Logia hindú que había contratado sus servicios. Unos servicios que ahora dudaba querer, pero que no podría rechazar.

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