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En la Isla de los gatos

… El Capitán alzó la espada, se irguió cuan redondo era, miró a Hernán y sus ojos mostraron que la muerte sería la única solución. Y también que no sería la suya la que se cobrase aquella tarde. Fat, el más temido de los hombres que navegaban al sur de América, había sido cruel, violento y sin piedad hasta que topó con La Marabunta y ahora, el hambre, recuperaba lo peor de él.

Ninguno de los presentes aquella tarde, en aquella isla, hombre, mujer o gato, olvidarían jamás lo ocurrido. Fat, el orondo y simpático capitán, se convirtió en el terrible capitán que llenase de terror las costas americanas. El que atacase cada barco, cantina, cocina desde Patagonia hasta La Florida. Nadie, absolutamente nadie, podía entender como aquel demonio rechoncho era tan ágil, tan rápido, tan mortífero.  Y menos que nadie Hernán, su enemigo, el eterno rey de los gatos, de la terrible Isla de los Gatos, que observaba anonadado el cambio producido en su adversario.

-No te quedarás con mi cocinera- repetía Fat
-Saldremos de esta- se decía a sí mismo con voz cansina el mismo capitán.
-¿Qué le pasa? –preguntó Vasques desde su cárcel de hiedra –Esta hablando solo.
-He is not él –dijo sir Charles.
-Ha vuelto el demonio –dijo Jappy desde el suelo.
-¿De Tasmania? –preguntó  Mamonuth
-No os metáis con Fat –concluyó Borought, el más antiguo miembro de la tripulación de la Marabunta, el que estuvo hasta antes de existir- Ninguno conocéis la ira de Fat. Lo habéis visto feliz, alegre, hambriento, iracundo, pero jamás rabioso. Hoy me alegro de no encontrarme entre sus enemigos… 

Fat estaba ya sobre Hernán, lanzando estocadas, controlando la espada de su enemigo. Finta, tajo, paso a la derecha, paso a la izquierda, un pasito pa’ atrás, María…. Y el conquistador ya estaba en el suelo. Hambriento y harapiento después de años encerrado en la isla, cumpliendo castigo por sus malos hábitos, rodeado de gatos e incapaz de ser sociable con quien no maúlla, se dejó caer panza arriba, esperando que su muestra de sumisión sumiera a Fat en la conciencia solidaría de quien alguna vez se ha visto derrotado. Pero Fat, hambriento de venganza, con los ojos inyectados en sangre, parecía no ver lo que todos veían. Hernán, el terrible rey de los gatos, no era más uno más de ellos. Vencido hacía demasiado no quería otra cosa que tener un grupo, un hormiguero al que unirse, abandonando a los gatos para convertirse en hormiga.

Así los llamaba, La Marabunta, el barco cargado de hormigas que arrasaba las bodegas de aquellos incautos que caían bajo sus fauces. Pero las fauces del capitán estaban cerradas sobre la mejilla del exiliado gatuno, que gritaba suplicas de perdón. Vasques, la que siempre lograba atraer la cordura a su capitán, se acercó posando su mano en el hombro del hombre.

-Perdónale la vida, Fat –dijo en tono pausado-. Seguro que hay un castigo más cruel para este pobre hombre –el capitán suavizó su mordisco y los gritos de Hernán tornaron en lamentos-. No tengo dudas de que encontraremos un castigo apropiado para su delito. Algo, no sé….
-Podríamos enrolarlo en La Marabunta –soltó Marco Antonio -¡No se me ocurre un castigo peor!
-Será por lo mal que comes, cabrón –dijo Fat mirando, aun fuera de sí, a su timonel -¡O es que os trato tan mal como para que consideréis castigo navegar bajo mi mando! Hasta hoy he sido más amigo que capitán, pero ahora sabréis por qué mi nombre fue usado para asustar a los niños.
-¿Porqué les robabas el chocolate por la ventana?- Lord Corba, echó el brazo sobre los hombros del capitán –¡Vayamos a tomar cerveza y celebrar esto como se merece! Rubia: ¡bizcochos!




Y esa noche todos, incluyendo a Jappy y Hernán, celebraron la vuelta al barco con bizcochos y buena carne. Comiendo y bebiendo mientras Fat, el orondo capitán de La Marabunta, acariciaba suave y lentamente el grisáceo pelaje de uno de los cien gatos que ahora habitaban la nave.

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