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En la Isla de los gatos

Fat trató de evitar el envite de Hernán, que erró en su intento de golpear a Fat y terminó golpeando contra un árbol, mientras el orondo capitán de La Marabunta lloraba tras haberse roto una uña en el mismo tronco del mismo árbol que había detenido el envite errado de Hernán. Montesimios, viendo el desastroso ataque de Hernán, caído en el suelo con los pies sobre la tierra como el rey de los gatos que era, aprovechó para saltar sobre el eterno dueño de la isla, correr por el enfangado lodazal que conducía hasta la prisión de juntos y trató de abrir la jaula que encerraba a los pájaros de La Marabunta: tripulación de la peor calaña, del peor origen y peor futuro que jamás se conociese en los mares caribeños y hasta mediterráneos. 

-¿Pero? ¡la madre que os trajo a todos! -gritó el conde sevillanos cuando la jaula cayó frente a él sin esfuerzo alguno -¿Porque no habéis salido solos?
-Era más cómodo esperar dentro- dijo Mamonunth.
-Y más divertido ver como Hernán os machaca- continuó Marco Antonio.
-¿Quien iba a pensar que un árbol lo detendría?- ahora era Lord Corba.
-¡Cuidado! que los gatos tienen siete vidas- concluyó.

Y vaya que si tenía siete vidas. Muchas más según cuenta la leyenda. Se alzó cuan corto era y lanzó un tajo sobre Fat, que giró sobre sí mismo cual tierra sobre su propio universo, antes de lanzar un enorme y brutal bofetón al señor de los felinos. ¡Pataplam! y Hernán volvió al suelo.

-¡Me cagó en toda tu gatuna fauna! -gritó- tengo hambre. Más que un perro chico, y aquí solo hay gatos. Y los gatos no se comen. Quiero largarme, quiero comer, quiero ir a La Habana. Y lo quiero ¡ya!
-Nadie se irá de mi isla... -Hernán se había levantado y sus ojos mostraban una ira sin igual- Nadie saldrá vivo de aquí sin mi permiso.

El conde de Montesimios tiró la jaula al suelo y dejó que la tripulación se desparramara por el lodazal: unos sentados, otros jugando con el barro; los más cantando felices por la pelea que estaba por comenzar. Pues si algo sabían los hombres de Fat era que el capitán no perdonaba una comida y ya llevaba tres horas sin probar bocado.

El Capitán alzó la espada, se irguió cuan redondo era, miró a Hernán y sus ojos mostraron que la muerte sería la única solución. Y también que no sería la suya la que se cobrase aquella tarde. Fat, el más temido de los hombres que navegaban al sur de América, había sido cruel, violento y sin piedad hasta que topó con La Marabunta y ahora, el hambre, recuperaba lo peor de él.




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