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Del Estrecho


El drama de Lampedusa nos ha recordado el trágico final de muchos hombres, mujeres y niños que tratan de encontrar un mundo mejor. Desde 1988 solo en las costas españolas se han contabilizado 20.000 muertos, a los que habría que sumar los otros casi 20.000 fallecidos en las italianas. 40.000 vidas truncadas que convierten al Mediterráneo en la frontera más mortífera de cuantas existen en el planeta.

Y lo peor es que cada uno de nosotros tenemos parte de culpa en lo que ocurre. Nos echamos las manos a las cabezas y lamentamos las muertes, otras más para la lista, pero no tratamos de arreglar el problema en su origen. Nadie se juega la vida por gusto, lo hacen para buscar un futuro para ellos y sus hijos y, cuando el Estrecho no escupe sus cuerpos muertos, se encuentran con la indiferencia de un pueblo que ha olvidado que también es migrante.

La solución es compleja, y pasa por aunar esfuerzos desde la esfera civil y política. Se habla estos días de que hay que blindar esa frontera, mandar barcos para rescatar a esas balsas de juguete que cruzan hasta el norte. Pero la realidad es que la solución hay que llevarla mucho más al sur, al lugar de origen de todos estos hombres y mujeres que se juegan la vida por alcanzar un paraíso que nosotros creemos infierno en crisis. Pasa por repartir mejor los recursos de este mundo, por terminar con la deuda eterna que asfixia a los países más pobres. Pasa por echar una mano al hermano.


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