Ir al contenido principal

Crisantemos (II)

St Paul apareció entre la bruma, con sus torres blanquecinas tratando de desgarrar la densa blancura que cubría la ciudad aquella mañana de septiembre.  Roman se atusó el traje y golpeo el bombín con dos dedos, como solía hacer cada vez que estaba nervioso. Se había detenido en el centro de la plaza tratando de descubrir el final del campanario. Cuando lo vio llegar, con su uniforme de infantería, le siguió con la mirada hasta que entró en el templo y, entonces, se dirigió al interior.

Apretó el paquete en el que guardaba los crisantemos que había comprado aquella misma mañana. Se adentró en la catedral y la magnificencia de la iglesia le hizo sentir pequeño. Siempre tenía esa sensación cuando entraba en la casa de Dios: observado por el Creador, sabía que reprochaba sus actos y le señalaba con su dedo acusador. Pero algo en su interior se resistía a quebrarse y le empujaba a seguir con su labor.

Se apoyó en una de las columnas que separaban la nave central de la lateral, por la derecha. Disfrutó del coqueteo continúo de mujeres y hombres que, con su juego de miradas, decían más que con palabras. Pero sus ojos terminaron posados en el hombre de uniforme, de porte aristocrática. No necesitaba ver la fotografía coloreada para saber que él era el destino de las flores. Se acercó lentamente, ni pausado ni rápido, tratando de evitar llamar la atención. Se sentó tras el militar, susurrando la letanía que su madre le enseñó de niño. Esperó hasta que la ceremonia terminó y los asistentes comenzaron a levantarse para buscar al hombre, de riguroso luto, que esperaba junto al féretro abierto. Se levantó y dejó, descuidadamente, bajo su propio bombín, la caja que portaba junto al militar que acaba de levantarse para dejar paso a una dama. Lo conocía, sabía que sería el último en acercarse a mostrar sus respetos a la familia. Y también conocía su curiosidad.

Pasó junto a él, ya sin la caja, y se acercó hasta el hombre y le estrechó la mano. Echó un vistazo al féretro y descubrió el rostro blanquecino de una joven y hermosa mujer. “La muerte debería ser benévola con las mujeres hermosas”, pensó mientras rememoraba la suerte que había corrido la mujer a la que amaba, muerta prematuramente traspasando el compromiso de su matrimonio a Mary, más vieja, más fea, más antipática.

Recorrió el camino de vuelta. El militar ya se había levantado. Recogió su bombín y abandonó la St. Paul. Se sentó en las escalinatas de la iglesia hasta que vio salir al militar con la caja bajo el brazo. Sonreía animosamente a una joven hindú, que vestía sus exóticas ropas con elegancia. Aun no había abierto la caja. Roman río antes de perderse en la niebla.

 * * *


No había podido dejar la caja en la iglesia y estaba deseoso por llegar a la casa y ver que había en su interior. Le gustaban aquellos juegos con los que hombres aburridos en la paz repartían presentes por la ciudad. ¿Qué sería esta vez? ¿una figura traída de la India?¿un fruto seco traído de América? ¿alguna piedra africana?... Abrió la caja, ojeó el crisantemo, y se tez se torno blanca como la niebla que continuaba arrastrándose por Londres.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Aventuras de Fernán Garces. 1ª Entrada.

I 1488 Arguim El viento azotaba las velas y la nave se movía al vaivén de las olas. Paseé la mirada por la cubierta y vi rostros curtidos que rezaban atenazados por el miedo, pues el mar es madre del marino e igual que arrulla unas veces, castiga los pecados otras muchas. Y aquel día Dios Nuestro Señor parecía dispuesto a castigar los nuestros haciéndonos zozobrar frente a Arguim. La costa se mostraba desafiante, recortada en el cielo de la mañana aparecía grisácea cada vez que La Gitana se alzaba sobre las olas. —¡Maldita la hora en que decidisteis salir, Fernán! —me aferré al timón, ayudando a Jácome para mantenerlo firme. —Era necesario —respondí— Debíamos adelantarnos al resto para realizar esta empresa. —Voto a Dios, Fernán, que la locura de Pedro Cabrón sigue viva en vos. Mi risa fue acallada por el ruido de los truenos y la conversación interrumpida por el fuerte viento que acompañaba la tormenta. Temí por el velamen, pero ya era tarde para recoger el apare

Toledo, una serie que se queda a medias

Ayer vi Toledo, y supongo que seguiré viéndola mientras sea capaz de soportar la calidad ¿interpretativa? de Maxi Iglesias (alguien, algún día, tendrá que explicar porque a este chico se le siguen dando protagonistas con los buenos actores que hay en España). Aunque como historiador, recreacionista y –mal- esgrimista no puedo más que ponerle algunos peros. 1º.- Cuando haces una serie histórica de pretendida calidad tienes que tener cuidado con los personajes reales. En la serie tenemos al Infante Fernando de la Cerda y al príncipe Sancho; el primero rondando los 16-18 y el segundo superando con creces los 20. Pero la realidad es que Fernando es el segundo hijo  de Alfonso X (nace en 1255) y Sancho es el tercer hijo varón  del rey (nace en 1258), con lo que en la serie debería tener 13-15 años. El primogénito, Alfonso Fernández, Señor de Molina y Mesa, es hijo natural y no entra en la línea sucesoria. 2º.- En varias ocasiones se le llama “príncipe” cuando hasta 1388, con el futu

Corona o Reino de Aragón

Ni Aragón, ni Cataluña, ni Valencia son entidades anteriores a la Edad Media. Hasta 1163, con Alfonso II, no se distinguirá entre reino y corona de Aragón. En la Corona tendrán cabida todos los reinos, condados y señoríos que guardan algún tipo de dependencia con el rey aragonés. Esta existencia de diversas entidades autónomas en muchos aspectos, solo es entendible desde la expansión territorial a costa de los reinos musulmanes del sur. En esa expansión los nobles irán recibiendo tierras y beneficios. Expansión que acabará chocando con la realizada por el condado catalán. Con respecto a Cataluña, entrará a formar parte de la corona después del casamiento de Petronila (hija de Ramiro II de Aragón) con Ramón Berenguer IV, conde de Cataluña, quien, a pesar de ejercer como tal, no toma el título real. Durante el siglo XIII la Corona de Aragón continúa con su política expansionista hacía el norte, pero tras el Tratado de Almizrad de 1244 y la derrota de Pedro el Católico en Muret,