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En la Isla de los Gatos

Fat se dejó caer en el suelo, en redondo, como era. Y el estruendo sacó de su ensoñación a Montesimios; que se había quedado oteando el horizonte como si pudiera descubrir las patillas de Hernán en la lejanía.

-¿Realmente se hará con las mujeres? –preguntó al fin el sevillano.
-¿Lo dudas? Deberían llamarlo el camaleón. Es una alma libre, un actor de la vida. Allí dónde va hace lo que quiere y lo hace sin molestar a los que no quieren que se haga lo que hace, pero lo hace. Y ahora lo hará. Se hará con las mujeres y los hombres como se ha hecho con los gatos –Montesimios lo miró con cara de sorpresa -¡Por Dios que dejo de comer si cuando lleguemos allí no están todos de fiesta! –Jappy quiso preguntar, pero no le dio tiempo –En marcha.

Los cuatro hombres: sir Charles, D’Orange, Montesimios y el propio Fat comenzaron su andadura por una selva cargada de peligros acechantes. Ojos felinos que, escondidos en la maleza, seguían sus pasos por el estrecho sendero de gatos que recorrían. Fat bufaba, cual vaca vieja, cuando el camino se tornaba a las alturas, y blasfemaba cuando su peso empujaba a sus compañeros colina abajo. Ya no había ruidos, solo sombras, algún maullido y casi ningún piar.

-Un lugar en el que no vuelan pájaros no es de fiar –dijo Montesimios.
-Los cats se comieron a los birds –dijo Charles –I’m miedo…
-Algún día tendrás que explicarme porqué, después de 15 años, sigues sin hablar español correctamente –dijo Fat apoyado en un tronco.
-Pues, realmente, podría, pero sería más…. ¡Oh my God!.

Se apartó de Fat, como esclavo de su amo muerto…. el rostro desencajado, los ojos abiertos de par en par y la sonrisa helada en mucha de espanto.

-No mires atrás, capitán –dijo D’Orange. Pero, como si aquello fuera un simple “no hay huevos”, el capitán miró. Y el rostro de terror de Charles se quedó en infantil mueca junto al del orondo capitán de la Maranbunta.

-Marco … Antonio … -logró balbucear -¿Qué hacéis? por todos los dioses marinos.
-La vaca esa.. que debía estar enferma antes de que nos la comiesemos.
-Yo comí más que nadie, y no me encuentro como vos…
-Pues no sé… -dijo el piloto calzándose las calzas y tratando de limpiar los restos de su mano –No soy el único.
-No, no lo es –Mamonuth había aparecido junto al francés y trataba de evitar que este descubriese lo que portaba su espalda.
-Alguno más –preguntó Fat en el mismo momento en el que empezaba a sentir nauseas –mejor nos largamos.
-¿Qué hacemos con él? –Marco Antonio señalaba a un hombrecillo menudo de, quizá, piel blanquecina, que lloriqueaba allí donde el piloto había deshecho lo hecho a la barbacoa de Hernán –¿Nos lo llevamos?
-Habría que lavarlo…
-Me se lavar solo… -dijo con gracilidad el ser.
-¿Qué sois? – Fat no podía dejar de observarlo -¿Un mediano? ¿medio hombre?..
-¡Soy un hombre!
-Claro, claro… -el capitán no las tenía consigo- ¿y como se llama este hombrecito?
-Alejandro… -dijo enfadado mientras trataba de limpiarse con una hija de helecho.
-Esta bien, Alejadritito… vendrás con nosotros. Pero irás lo suficientemente lejos como para no olerte.
-¿Huele a potaje de la Rubia? –dijo D’Orange cuando comenzaron a caminar.

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