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Nido de Cuervos (X)



Navarro echaba de menos a su viejo compañero. Hubiera disfrutado de un caso como  aquel, y, además, siempre lograba que aquellos momentos escabrosos tuvieran un punto de diversión. Pero ya estaba retirado del todo y poco podía hacer por él. Esperó apoyado en una de las columnas de la fachada de la Iglesia  a la llegada de Márquez, la juez Benítez y los forenses. Observó, sin sorpresa alguna, como varios periodistas habían llegado ya a la iglesia, incluso antes que sus compañeros. No le extrañaba, desde un tiempo  atrás la prensa parecía adelantarse a la policía siempre, sobre todo si podían encontrar carnaza con la que alimentar a sus masas de seguidores, ávidos de sangre, lloros y tristeza ajena.
No habían transcurrido ni cinco minutos cuando descubrió a Márquez caminando calle arriba. Se había detenido y observaba el balcón del edificio en el que había vivido la niña y, cuando llegó a su lado supo, sin necesidad de hablar, que los dos pensaban lo mismo: si encontraban a la niña allí enterrada, habrían cerrado el caso abierto mucho tiempo atrás, pero abrían la puerta a un campo de minas del que no podrían salir.
El forense llegó junto a la juez, en un coche negro de la policía nacional, y seguidos de una furgoneta. Sonrió pensando en lo que habría dicho Echevarría de haber tenido un laboratorio móvil para sus investigaciones. El viejo forense parecía un niño la mañana de reyes cuando lograba hacerse con alguna nueva herramienta para su viejo y destartalado laboratorio gaditano. Pero los tiempos cambiaban, y los medios también. Se saludaron con un leve apretón de manos y se dirigieron al callejón donde les esperaba el párroco. El hombre, joven y de aspecto jovial, parecía envejecido desde que tres días atrás le comunicasen la orden de abrir la tumba. Y, cuando la prensa gráfica apareció tras los policías, se giró y se adentró rápidamente en la sacristía.

-No llevo mucho tiempo aquí –dijo a modo de saludo- y ahora me encuentro con esto. He buscado, como me pidieron, en los archivos parroquiales  cualquier referencia a Pietro. Les seré sincero, no he encontrado mucho y lo poco que he visto no me ha gustado –le tendió una carpeta a la juez que, sin abrirla, se la cedió a Navarro-. Son copias, como saben los originales no pueden salir del templo si no es con orden judicial… que supongo que la tendrán de inmediato, claro.
-No se preocupe, creo que por ahora nos valdrá con esto. Pero, dígame ¿Qué es eso que no le gusta?
-Las entradas de dinero. Eran cantidades realmente altas y la parroquia no mostraba la riqueza que esos datos parecen mostrar. Es cierto que la zona es pobre, pero no marginal, y en aquellos años Cáritas no tenía las necesidades actuales. Aún así hubo que recurrir a préstamos para poder dar algunas ayudas y la propia iglesia se caía a pedazos. Tanto que mi antecesor pidió un préstamo bancario que aun pagamos con sufragio popular. Los feligreses siempre han apoyado la iglesia, no hay queja con eso.
-Entonces ¿está insinuando que el dinero se lo quedaba el párroco?
-¡Oh!, no, no… si conociesen al padre Julián sabrían que no era de esas personas. Además, las cuentas estaban firmadas por el ecónomo, nunca por él párroco. Eso sigue siendo igual. Y suelen ser muy meticulosos, tanto que podrán ver que cada poco tiempo salía una partida de ayuda a nombre de la Iglesia misionera y necesitada. Nada fuera de lo normal, sino fuera porque no coincide el destino de las transferencias. Alguien movió dinero desde aquí, eso es lo que no me gusta nada.

Márquez y Navarro se miraron, todo comenzaba a cuadrar en la relación de Pietro con la zona. No era más que una tapadera, por eso debía invertir también en el barrio y no solo en la iglesia. Quizá, incluso, encontrasen más cuentas oscuras en la zona. Habría que investigarlo, pero ahora tocaba abrir la tumba.

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