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Laberintos

Hay momentos en los que descubres, casi sin sorpresa, que la vida te ha cambiado sin que te des cuenta. Que una experiencia, un viaje, una amistad o cualquier otra cosa te ha transformado y ya nada es igual. En mi vida hay un antes y un después que tiene a la India como punto intermedio. Allí comprendí que nuestra vida se llena de ropajes hasta escondernos tras una gran cortina que, como el escenario de un teatro, varía de escena en escena. Quizá había olvidado lo que realmente importaba o, tal vez, me había dejado llevar por el entorno. Temiendo el qué dirán para convertirme en una caricatura de mi mismo preocupado por cosas banales. Convirtiéndome yo mismo en uno de eso que dicen, que te saludan a la cara y te apuñalan entre risas con otros que te apuñalarán a ti cuando te vayas. 

Pero en la India mi mundo cambió. ¿Qué sentido tenía preocuparse por tonterías cuando hay gente que vive feliz sin nada? Quizá fue allí cuando algo se despertó en mi, cuando ese extraño anhelo que siempre he tenido revivió. Quizá fue allí donde volví a negar la realidad, esa que sigo negando obligándome a evitarla para seguir otros caminos pensando que es en ese estrecho sendero dónde encontraré la felicidad pero ¿y si me equivoco? ¿Y si he caminado sin sentido durante años perdiéndome en un laberinto boscoso de difícil salida? 

Y sé que la vida es un gran laberinto en el que se abren puertas a nuestro paso que nos llevan al mismo destino por caminos diferentes. Puede ser que, a pesar de todo, mis pasos terminen llevándome a donde me negaba a ir. Tal vez sea allí y no en otro lugar donde pueda ser yo sin más. Pero me da miedo, miedo porque aceptar esa puerta supone perder muchas cosas, renunciar a demasiado y, aun así, hay puertas que deberíamos cruzar todos alguna vez.

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