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La Luz (XII)


La luz se colaba por alguna rendija del techo. Al principio, buscaba en los huidizos rayos del sol  un consuelo a su miedo, hasta que descubrió el dolor que causaba la luz. Temblando de dolor, bañado en sudores fríos mientras el agua helada corría desde su pelo hasta sus pies por su piel desnuda y llena de llagas. Con el salitre se colaba en cada herida y  lanzando gritos de dolor que morían antes de nacer en una garganta destrozada por los llantos. Así descubrió que la luz solo le dañaría. Intentó adivinar cómo su captor había logrado bañarlo en agua helada y, más importante aún, como había descubierto que buscaba aquel pequeño refugio luminoso. Comprendió que aquel que le mantenía retenido jugaba a su antojo con el dolor causado, y que era él mismo quien abría aquellas pequeñas rendijas de luminosidad. Desde entonces, no dormía, pues cuando la luz impactaba en su cuerpo, aún dormido, el dolor volvía. Se mantenía agazapado en un rincón de la estrecha sala que le daba cobijo. No sabía cuánto tiempo había transcurrido. Al inicio de su cautiverio, seguro de que sería rescatado, contaba los días siguiendo los platos de comida que su carcelero le dejaba junto a la puerta. Pero hacía días que se sentía incapaz de caminar hasta allí. Las fuerzas le abandonaban y sentía pavor cuando temía que alguno de aquellos orificios del techo volviera a iluminar su camino. 

Intentó levantarse, pero fue incapaz, y cayó con un leve gemido de desesperación sobre sus propios orines. También eso había cambiado, y desde hacía un tiempo era incapaz de controlar sus esfínteres ni de acercarse al pequeño retrete que se escondía en una hornacina de la pared. Lloró y rezó pidiendo su propia muerte. Habría intentado cortarse las venas, pero no había encontrado nada para hacerlo. La desesperación le había llevado a morderse hasta sangrar, tratando de arrancarse algunas venas de la muñeca: y aquel infructuoso intento le había costado los dientes. Se sentó, agachó la cabeza hasta apoyarla sobre las rodillas. Notaba cada uno de los huesos de su cuerpo, de por sí menudo y, sin verse, sabía que debía parecer un esqueleto cubierto de pellejo, como esas momias que se mostraban en los museo. Agudizó el oído, tratando de oír lamentos en las celdas vecinas. Sabía que no era el único allí encerrado. El primer día de su secuestro vio masa de algo que, en otro tiempo, fue humano. Y había oído gritos a diario durante un tiempo: al menos eran cuatro las almas torturadas en aquella cárcel de cristales. Pero también esos sonidos se habían terminado apagando. Y fue entonces cuando lo oyó. Un sonido conocido, familiar, que jamás imaginó poder oír allí. No entendía las palabras, pero había crecido en una casa amante del carnaval.

-¡Un tango! –susurró queriéndose convencer de que sus palabas eran ciertas- Estoy en Cádiz, ¿puede ser? ¡Dios mío! ¡Dios mío! Sácame de aquí. Quiero salir y ver el sol…. No, no, -los sollozos interrumpieron su monologo irracional- el sol no, duele. La luz duele. Solo quiero que pase este dolor.

La puerta se abrió y el sonido llegó claro hasta él. Sonido de música y fiesta, de gente que disfrutaba, reía y bebía. Personas que se habían olvidado de él. “De ellos” se dijo, y vivían felices junto al infierno.

-Nadie se ha olvidado de ti, tu novia es demasiado pesada y ¡lo puedes creer!, que casualidad. Justo ahí al lado está el que se la follaba antes que tú. 

Cerró la puerta dejando trás de sí el eco de una carcajada.

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