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Nido de cuervos (III)


El silencio se había hecho en la sala. Los hombres, sentados entorno a la gran mesa de cristal que presidía la sala, se mostraban inquietos, con la mirada fija en la pizarra digital que mostraba una clara curva descendente. Habían invertido mucho en aquel negocio y, cuando comenzaron, esperaban que el astillero repuntase y las perdidas se redujeran al mínimo en un plazo de cinco años.  Pero el plan quinquenal no había dado resultado y las pérdidas crecían día a día hasta el punto que comenzaban a plantearse, solo seis años después de haber invertido más de 15 millones en el astillero, tener que cerrarlo. Lo peor era lo que el cierre supondría para la ciudad: la planta, dedicada a la construcción de cruceros de lujo daba empleo directo a 1500 personas, muchas de las cuales se verían abocadas al paro. Jaime Gutiérrez, gaditano nacido en la calle de la Palma, estaba al borde de las lágrimas.

-Vamos a matar la ciudad- dijo en un susurro casi inaudible-. Que Dios nos coja confesados.
-No es culpa nuestra, Jaime- respondió Guilloun Deluxe -, quienes han matado la idea han sido otros. Los sindicatos españoles son duros de roer, pero mucho más de inteligencia. Cada año piden más y así no hay forma de lograr beneficios. Tenemos que cerrar.
-La ciudad va a arder y nosotros estaremos en el punto de mira ¿lo sabéis, verdad?

No necesitaban respuesta. Los cinco hombres allí reunidos sabían que Jaime tenía razón. Los tumultos habían sido más o menos continuos desde el inicio de la crisis. Movimientos opositores al sistema de gobierno se reunían cada semana frente al ayuntamiento. Funcionarios, policía y sanitarios habían ido a la huelga y se habían producido algunos graves altercados entre policías locales y nacionales venidos de Madrid. Ya se había producido algún ataque a pequeños empresarios y represalias a su familia. Jaime se levantó y miró por la ventana. Desde la torre del edificio, que había pertenecido a la Universidad, podía ver su casa. Él llevaba tiempo viviendo a caballo entre Madrid y Berlin, pero su madre seguía viviendo allí. Le había intentado convencer para que cambiase de casa pero ella se negaba porque su vida estaba escondida entre las cuatro paredes.

-Somos el enemigo, tengo que sacarla de ahí –el resto de hombres callaron y comenzaron a salir de la sala -. Milles, convoca rueda de prensa. 

Salió de la sala y se dirigió hasta su despacho. Se dejó caer en el sillón giratorio y cogió el marco de fotos que tenía sobre el escritorio. Acarició el rostro de su esposa y su hija Marta, y las lágrimas recorrieron su rostro al posar su pulgar sobre el rostro sonriente de Elena.

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