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Nido de Cuervos (II)


Dos semanas eternas habían transcurrido desde que Elena entrase en el callejón junto a la iglesia. Dos semanas desde que su madre encontrase la toalla que su hija mayor llevaba a la piscina. Dos semanas en las que las calles, plazas y jardines se habían llenado con carteles de una niña sonriente, que miraba a la cámara sacando al lengua traviesa. Desde ese día, las televisiones de todo el país habían abierto sus telediarios con la desaparición de Elena y los periodistas y reporteros continuaban llegando hasta la zona para reconstruir los hechos. Unos hechos que nadie se explicaba. El comisario Juan Márquez había tenido que realizar una rueda de prensa diaria, y la juez Benítez cada vez se encontraba más incomoda con la falta de pistas sobre la niña. Después de la desaparición de Marta del Castillo y Mari Luz, con trágico desenlace, la prensa estaba ávida de un nuevo drama por entregas. Pero ni la juez ni el comisario estaban dispuestos. Aun así, la llamada del Delegado del Gobierno les había obligado y ahora iban camino de la sala de prensa.

-Dime que hay alguna novedad –suplicó, más que preguntar, la juez.
-Nada. Todo sigue igual. Estamos dando palos de ciego –respondió taciturno Márquez- y ni siquiera eso. No tenemos ni una sola pista. Las cámaras de los bancos cercanos no muestran nada raro, tampoco las de tráfico. Toda la ciudad está empapelada con su rostro y ha salido en toda la prensa nacional. Hoy hay acreditado medios extranjeros pero nada. No podemos decir nada nuevo respecto a estas dos semanas.
-¿Están listos? –preguntó el secretario judicial- Les están esperando.

Los flashes de las cámaras deslumbraron a la juez, que estuvo a punto de caer al tropezar con uno de los fotógrafos. Márquez le ayudó a mantenerse en pie y la condujo hasta el estrado pidiendo calma con su mano.

-Señores, por favor, tengan algo de paciencia  -dijo haciéndose oír sobre las preguntas lanzadas por los periodistas-. Desgraciadamente no podemos darle noticia alguna sobre Elena. He de serles sincero: hemos fracasado en nuestra investigación. Estamos en un camino sin salida y  no encontramos respuesta –el murmullo se extendió por la sala- ¿Cómo pudo la niña salir del callejón sin ser vista? ¿Se la llevó alguien?¿quién?¿porqué?
-Señor comisario –el hombre tenía un marcado acento extranjero y se había levantado como un resorte, pero su rostro le indicó a Márquez que debía dejarle hablar- Mark Schimst, de Bild. Me informan desde Berlín de que acaban de recibir una llamada de teléfono anunciando el secuestro de Elena por parte de Al-Katarn, afiliada a Al-Qaeda –Márquez miró a una de las puertas laterales, dónde el secretario judicial les confirmó con la cabeza- solicitan la liberación de Ibn Zurit al Said o matarán a la niña.
-Ante los nuevos acontecimientos –dijo la juez, sorprendida de su propia actitud- debemos cancelar la rueda de prensa.
Salió sin esperar al comisario, corriendo hasta su despacho. Se sentó en el viejo sofá que conservaba de su antecesor y esperó a que los dos hombres entrasen.

-¡Lo que nos faltaba! –gritó cuando el secretario Manrique cerró la puerta -¡terrorismo internacional!
-Pero ¿qué tiene que ver la niña con Ibn Zurit? –dijo el secretario.
-No creo que tenga que ver nada. Es imposible que una banda de terroristas como estos pierdan su tiempo secuestrando a una niña, en España, sin ningún tipo de vinculación con la política, y menos con la Casa Real.
-¿Con la Casa Real? –preguntó la juez Benítez.
-Ibn Zurit disparó al rey hace tres años  ¿no lo recuerda? –la juez miró al techo al comprender las implicaciones que aquel dato tenía.

¿Cómo podía haberse olvidado? Todo el país se volvió loco esos días, cuando el rey recibió un disparo a bocajarro en una gala en Zarzuela. Zurit se había hecho pasar por seguridad del rey de Jordania y había logrado burlar a la seguridad hasta plantarse frente al rey. Pero Marqué tenía razón: el anunció no debía de ser más que una forma de publicitarse.

-Aceptaremos la pista como válida frente a los medios -dijo la juez- eso puede darnos un respiro para trabajar. Pero seguiremos buscando a Elena. No creo que el terrorismo internacional tenga nada que ver con su desaparición.

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