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El conde de Montesimios


-Pesa demasiado, Fat- gritó Mamonuth.
-¡Ya lo sé!, pero no es el momento de hablar de mi peso –reconoció el capitán- ya habrá tiempo de perderlo cuando esos nos cojan. Estoy seguro –miraba al navío que les iba a la zaga- que no dudarán en mandarme a pasear con la vieja de la guadaña hasta que pierda ésta –terminó, golpeándose la barriga con la palma de la mano.
-Hablaba de La Marabunta- respondió el músico apesadumbrado- no de ti. Y si no soltamos lastres, vas a pasear con los peces antes de lo que crees.
-¡Ah! –el capitán lo miró avergonzado –Sí, sí, tienes razón. Soltemos lastre. ¡Bajada a las bodegas! –gritó- y vaciarlas de todo aquello prescindible: oro, plata, plomo, lo que sea para que esta vieja ballena navegue tan rápido como pueda.

Los hombres corrieron, lanzándose por las escalinatas al interior del navío y saliendo cada poco cargados de todo lo que escondían en sus bodegas. Bien sabían que si aquel que los perseguía los alcanzaba, pocos quedarían con vida y preferían desprenderse de sus más preciados bienes que de su vida. Así, el mar quedó regado de viejos vestidos de mujer, extraños instrumentos, algunas pieles, mantas, baúles cargados con viejos pergaminos que flotaban un instante antes de hundirse hasta el fondo.

-Se sigue acercando –Marco Antonio había abandonado el timón para acercarse al Capitán –Habrá que soltar más peso.
-Ni me mires, no pienso saltar por la borda. Ya hemos tenido está discusión antes y el capitán debe ser el último en abandonar la nave.
-Si flotas, no te ahogarías- Borough había llegado de pronto acompañado del Fantasma que, como siempre, se mantenía imperturbable- y quizá nosotros nos salvásemos.
-Lanzar lo que sobre, y empezad por éste –dijo el capitán señalando a su viejo amigo -¡No, hombre! –gritó cuando D’Orange se dispuso a tirarlo por la borda –Lo que sobre: el oro, la plata,… ya la recuperaremos en otro puerto.

Nuevamente los hombres se lanzaron a las bodegas, y también las joyas y las riquezas fueron lanzadas por la borda. Todo menos los productos que la Rubia tenía en su cocina, pues la esclava, acompañada de sus gatos, se negaba a que nadie tocará lo que allí guardaba, sabiendo como sabía que el capitán Fat le recompensaría por ello. Pero el navío continuaba acercándose.

-A sus puesto- Vasqués comenzó a dar órdenes a la tripulación, y los marinos corrieron por cubierta, asegurando cabos, atando aquello que aún pudiese desplazarse por la cubierta.

Los artilleros se lanzaron a los cañones y los hombres de armas acudieron al castillo de popa, estudiando desde la lejanía el navío que tendrían que asaltar. Unos poco lanzaban el serrín por la cubierta por si la batalla se desplazaba hasta La Marabunta.
Fat  observó con ojo crítico a su perseguidor.

-Creo que no debí enfadar al Conde de Montesimios, ahora quiere matarnos.

Los hombres a su alrededor le miraron entre la sorpresa y la indignación cuando el primer disparo sonó en la lejanía.

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