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Y cavaré mi tumba junto a tu casa


Este fin de semana ha sido intenso en lo personal por las vivencias escuchadas y los testimonios recibidos de personas dispuestas a dejar su vida por los demás en los lugares más insospechados. Quizá eso sea lo mejor de foros como los organizados por Manos Unidas: en estos tiempos en los que nos encontramos en un ciclo de crisis, hay quienes vienen a recordarnos que en muchos lugares del mundo la crisis es estructural y permanente. Cuando pensamos en nuestra situación hablamos de recortes: recortamos aquellos gastos superfluos, recortamos en ocio, en diversión y en caprichos pero, a Dios gracias, nadie muere de hambre en nuestra tierra. Y, sobre todo, a pesar de la desesperanza que corre de boca en boca, nos queda un hilo de esperanza de volver a levantar cabeza. Pero en muchos lugares no existe esa esperanza porque jamás se conoció la bonanza.

Es en esos lugares en dónde encuentras a personas extraordinarias. Dispuestas a enfrentarse a la guerra, la enfermedad, la soledad, la pobreza, el hambre extrema, las guerrillas, los políticos corruptos y el olvido de las personas del “norte”. Nosotros somos ese norte que ha perdido el ídem. El eurocentrismo egocéntrico que siempre nos llevó a creer ser el ombligo del mundo. La superioridad moral que nos encaminaba a sociedades tecnológicas cada vez más avanzadas, pero donde la familia y la vida iban cayendo a un segundo plano. Cada vez más avanzados y cada vez más solos. Cada vez más ricos, pero mucho más pobres. Mucho más ahora, que la pobreza económica se une a la del espíritu.  

Por eso el XI Foro de Manos Unidas ha supuesto un revulsivo personal. Recordándome lo que verdaderamente importa y, en cierta forma, reconciliándome con una humanidad de la que –como otros muchos- comenzaba a estar hastiado. Aún hay personas valientes, que no hablan mucho, pero dicen todo con su trabajo. Que no salen en las fotos, que no estarán nunca en los parlamentos y que no acamparan indignados en una plaza. Personas que saben que las cosas se cambian trabajando y no hablando; personas que han cavado su tumba junto a los más pobres entre los pobres para recordarles que, aunque otros muchos les hayamos abandonado, estarán dispuestos a morir con ellos.

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