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El monje

Miquel intentó reorganizar su mente, encerrado en la pequeña celda que habitaba en Santa Cruz. El abad había muerto intentando robar la joya, y nadie con excepción de Guillén podía saberlo. El capitán había ordenado a sus hombres salir de la cripta antes de que acaeciera el trágico final, y si bien era cierto que el abad no había salido jamás de la cueva, la lealtad de los hombres a Guillén era inquebrantable tras muchos años de correrías y batallas a sus órdenes. Sin embargo, Men Rodríguez sabía la verdad o, tal vez, la había adivinado en su rostro y en sus ojos cargados de culpa. Se movió nervioso sobre el pobre jergón de paja, sobresaltado por los ruidos del exterior. Habían intentado asaltar la ciudad por lograr aquella joya que, según le contase el abad, solo conocían el rey don Alfonso, Miquel y el propio abad.

-¿Porqué, Madre, porqué? –rezó- Sois vos quien me elegisteis para este menester, más no comprendo que deseáis de mí. No soy más que un viejo soldado, asolado por las penas y el pecado de una vida cargada de violencia. Creí que deseabais que me convirtiese en hombre de paz y ahora ¡mirad mis manos!- las alzó para mostrarla a la pequeña talla de Santa María que presidía la estancia- ¡rojas con la sangre de mi padre espiritual! Deseo paz, mi Señora, tan solo algo de paz. Pero la muerte me sigue desde mi más tierna infancia; sois vos y Dios Nuestro Señor quien conducís pasos por el camino, decidme ¿qué he de hacer? ¿qué esperáis de mi?.



Men Rodríguez se arrebujó bajo su propio jubón y camino con paso presuroso bajo las sombras de la muralla. Sigiloso, correteaba por los callejos camino del mesón donde le esperaba. El lugar, pese al asalto de la noche anterior, estaba abarrotado y las risas y las canciones regadas con mal vino especiado se oían desde la calle. El calor axifisiante y el humo de las velas que iluminaban la estancia le hizo toser. Buscó al hombre que esperaba y lo encontró en el rincón más apartado de la puerta, sumido en la más profunda de las penumbras. No había retirado su capa, y cubría el rostro con una capucha. 

-¿Habéis logrado vuestro propósito?- dijo quedamente el hombre.
-No, mi señor. Más teníais razón: el abad está muerto- respondió Men- Y algo me dice que su cuerpo custodia el tesoro que buscamos.

El hombre embozado no respondió.

-Quizá deberíamos presionarle más –la voz, casi dulce, sobresalto al soldado que se giró para observar el rostro imberbe de un jovenzuelo sonriente-. Torturarlo, dañarlo y, si aún así no habla: matadlo. Aunque sé que lograréis que cuente sus secretos.



Guillen bajó las escaleras con tres de sus hombres. Las miradas se cruzaron al descender el último escalón, cuando las sombras bailaron por la cripta al son de sus antorchas. El capitán se abrió paso y señalo, en silencio, la pequeña capilla del fondo. 

-Aquí –susurro- y hacedlo en silencio. Que nadie sepa que hemos venido.

Los hombres comenzaron a palpar las paredes buscando la pequeña puerta secretas con la avaricia reflejada en sus ojos.

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