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de enfermeras y miedos

No soy yo persona de correr por pasillos oscuros, ni persona propensa a creer en la existencia fantasmas y otros espiritus, por más que a este rincón haya traído sucesos gaditanos con tal fondo y me haya reído agusto del militar que campa a sus anchas por el Gobierno Militar. Pero lo cierto es que hace unos pocos días viví un suceso de esos que, cuando menos, inquieta. Andaba yo por Manos Unidas, como hago muchas tardes, cuando decidí subir a la segunda planta en busca de mi madre y sin darme cuenta de lo tarde que se había hecho la tarde. Una luz encendida me confirmó que había alguien en el despacho que ella usa y subi tranquilo por el ascensor. Pero hete aquí que nadie había y la sujestión comenzó a cobrar forma. Quejidos de un viejo edificio convertidos en lastimeras suplicas de enfermos hace mucho fallecidos; crujidos que se convertían en muebles arrastrados y, de pronto, la figura menguada de una enfermera al fondo del pasillo. 

Y nada más. Extensa carrera hacía la planta baja huyendo sin importar ascensores o escalones y salida de un edificio que a esas horas dormia ya placidamente. Luego, transucurridos los minutos y las horas, con la puerta del viejo Hospital de Mujeres cerrada de nuevo, y en casa, te das cuenta de que cada sonido tiene un origen lógico; y que incluso la menguada enfermera no fue más que un efecto optico entre ventanas, sombras y la luz de la luna. 

Y entonces ríes, a mandibula batiente, pensando en el poder de la sugestión y en el miedo más tonto pasado

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