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Ocurrió en el dos


Con lo que me gusta la línea dos y que mal rato el pasado ayer. Yo, tan feliz que iba observando el mar en ese nuevo recorrido que hace estos días, y de pronto, zas, toda la felicidad tirada por la ventanilla. ¡Qué susto, joe! Pensé que me estaban robando ¡en el dos!, ¡en mi dos!. Eché mano a la cartera y no, allí estaba. Pero el rumrum del roce seguía presente ¡el móvil!, pensé entonces, pero no, también estaba. Serán imaginaciones mías o será que este simpático ancianito lleva una maleta que hace movimientos indebidos. Pero no, no llevaba maleta. Seguro que me está intentando robar, volví a pensar, que la cosa está muy malita. Así que me moví de sitio, pero el hombre y el roce, me seguían. ¡Ya no había dudas! Uno sabe de esa extraña atracción que ejerce sobre perros y hombres  -sin que nada tengan que ver lo uno con lo otro-, pues hace ya un par de años, cuando recorrí Europa con amigas y fui acosado por un valenciano en unos conocidos baños termales de Budapest. Suceso este que volvió a ocurrir en Cracovia, dónde un agradable señor me invitó a conocer la típica casa polaca y sus adornos. Pero es la primera vez que esto me ocurre en Cádiz y en mi línea de autobús.

Lo cierto es que intenté todo para que, educadamente y sin levantar escándalo, el amable señor dejase de meterme mano. Me cambié de sitio, me giré a derecha e izquierda. Abrí hueco entre nosotros como buenamente pude, le metí el codo entre las costillas, le miré fijamente con cara de Rubalcaba tras las elecciones, y nada. Así que al final tome la medida que no quería tomar. Me paré en seco –a esas alturas todo el bus seguía mi incomodo baile preguntándose que hacía un gaditano bailando una sardana sin música-. Le miré todo lo fijo que pude y, con voz clara y alta, le espeté:

-Ya vale, no pisha, metete la mano en el bolsillito o te agarras a la barra, pero a mi déjame en paz.

Al menos, me queda la esperanza de que, en caso de continuar con mi soltería, encontraré un partenaire al otro lado del ropero, ese que ya tiene las puertas abiertas de par en par y del que, de vez cuando, sale la mano de un viejo degenerado.

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