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El monje


Como la noche sigue al día, las semanas transcurrieron tranquilas. Tan sólo los hermanos de Santa María do Porto mostraban su preocupación por la desaparición del prior, pero la llegada, en la madrugada del décimo tercer día del cuarto mes del año de tropas moras desde Málaga acallaron los rumores. El cielo se iluminó de rojo reflejando las llamas de los campos de Jerez y los gritos de angustia surcaron los mares desde Santa María hasta Cádiz. Guillén ensilló su caballo, presto a salir en ayuda de sus vecinos, como también habrían hecho los caballeros jerezanos. Las campanas de Santa Cruz tocaron a rebato y el medio millar de hombres que poblaba la ciudad corrió a armarse. Si los moros tomaban Santa María, Cádiz no estaría segura.

Miquel corrió hacía las murallas, el asalto a la ciudad por don Alfonso las había dejado maltrechas y no eran pocos los lugares que aún mostraban signos de ruina. Varias noches atrás habían sido asaltados; no quería ni imaginar lo que ocurriría si los moros atravesaban el lugar de la Puente, donde una pequeña guardia protegía el viejo puente.

-Hermano- la voz de Guillén le sobresaltó- No os hacia sobre las murallas y menos así –señaló la espada que el monje portaba.
-Si atraviesan el mar estamos perdidos, todos tendremos que luchar. Y yo no me quedaré escondido.  
-No creo que lleguen a nuestras murallas. Poco tenemos que ofrecerle a los infieles, mientras las tierras jerezanas son ricas en trigo y vid. No vendrán a nuestros muros, aun así estaremos prestos a defendernos.
-¿Y defenderemos a nuestros hermanos?
-No llegaríamos a tiempo.

Miquel asintió entre el tañer de las campanas, ocultando su rostro bajo la capucha el habito para que nadie viera las lágrimas humedecer su rostro. Él debería estar con sus hermanos y no seguro en la isla de Cádiz. Él los había dejado huérfanos al matar al prior, y ahora los dejaba abandonados cuando el infierno terrenal lamia con sus llamas los muros del castillo y monasterio. Espero a que el alba acallará los silencios y se retiró a Santa Cruz. No vio, al atravesar la nave y arrodillarse frente a la pequeña imagen de Santa María, como una sombra se escabullía desde la capilla del bautismo. El reflejo de las velas iluminó por un segundo la hoja de la daga mientras Miquel continuaba su plegaria.

Los pasos resonaron en el suelo de la vieja mezquita cuando el monje elevó la mirada hasta los ojos de María.

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