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El monje


-No os hacía rasurado y en convento- la voz suave del hombre contrastaba con su fiero aspecto. Una cicatriz recorría su rostro cruzando su parpado derecho, muerto para la vista, y la oreja cercenada  mostraba el lugar dónde comenzó el corte. Su único ojo miraba atento al monje, moviéndose rápidamente desde la figura hasta la calle.
-Los hombres cambiamos, hijo mío- dijo con poca convicción el monje –Vos también podéis.
-No es mi deseo, Miquel. Me gusta lo que hago.
-¿Os gusta manchar vuestras manos con sangre inocente? Entonces, mi buen amigo, habéis cambiado pero no como debierais. En otro tiempo repudiasteis vuestra labor pues sabíais que muchos inocentes cayeron bajo vuestra espada.
-¡Sea! como vos decis: los hombres cambiamos –repuso con una sonrisa lúgubre que hizo estremecerse al monje.
-Pero decidme -un hilo de voz casi inaudible escapó de la garganta del monje para preguntar con la rápidez que a veces da el miedo a conocer la respuesta-¿Qué deseáis de mí?

El soldado se adelantó, dejando que la tenue luz que se escapaba por una ventana cercana reflejase en su negro ojo, oscuro como la noche caída en su alma. El monje retrocedió.
-Ahora os encontráis cerca del rey. Don Alfonso siente predilección por ese monasterio vuestro y mi señor desea saber que se oye tras los muros de Santa María do Porto. Como sabréis, padre –dijo con sorna- el rey no se encuentra en posición de poder. Su hijo, don Sancho, desea la corona y son muchos los nobles que elevan la voz contra el monarca. Su amor por los infieles y los favores debidos a los judíos se ponen en su contra. La conquista se ha detenido y los nuestros vuelven sus ojos ansiosos de sangre y guerra los unos a los otros, mientras el rey pasa tardes escribiendo cantigas cual trovador.
-¿Y qué podría saber un simple fraile de lo que allí se diga? Yo soy hombre de Dios y no estoy instruido en leyes o letras. ¿Cómo podré diferenciar la paja del oro?
-Miquel, no me hagáis enfadar con vuestra falsa inocencia. Sé quién sois, no lo olvidéis jamás, y sé que podéis ofrecer a mi señor.

El tintineo de las espadas al chocar contra el cuerpo cortó la conversación de los dos hombres. El soldado dio un salto, ocultándose entre las sombras mientras Miquel avanzó al centro de la calle. Las voces del capitán de la milicia animó al fraile que se alejó de aquel que tanto miedo le causaba saludándolos antes de continuar su camino hacia Santa Cruz. Con paso rápido cruzó las callejas de aquel arrabal, lugar de putas y ladrones, sabiendo que su pasado volvía para enturbiar su presente.

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