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Capítulo I. El quesito gris

Desde este momento, cualquier parecido con la realidad, cualquier similitud con personas o sucesos reales, será fruto de sus perturbadas mentes.
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Estábamos sentados en las antiguas pistas de la urbanización, recordando nuestros años de infancia cuando pasábamos noches como aquellas comiendo pipas y contando batallas más o menos reales sobre nuestras conquistas en la noche de la urbanización. Como era normal en reuniones como aquellas, estábamos casi todos los que siempre conformamos el grupo hablando de un presente que ya se movía en la treintena de años. El amor había llegado para algunos y había huido de otros pero, sobre todo, no había logrado arraigar y entrelazar a ninguno de los miembros del grupo. Y en eso estábamos, debatiendo que razones existieron para evitar nuestra propia endogamia.

-Yo siempre creí que algunos acabarían juntos como esos dos… -Hispana no continuó, mirando a su marido que parecía no comprender como todos sabíamos a quiénes se refería.
-Podría haber sido, hacían buena pareja –concluyó Natalia- pero el amor es inesperado, sorpresivo y sorprendente. Está donde menos lo espera y jamás donde debiera estar.
-Desde que estás enamorada no hay quién te aguante, mamarracha- Bea reía mientras veía como Irene y yo mismo, hacíamos corazones con los dedos entorno a Natalia. –Pero es verdad, tenían que haber terminado juntos.
-¡Que va! Eran muy diferentes, como la noche y el día- dijo Antonio que siempre había sido buen amigo de él- Ella le manejaba, pero tarde o temprano tenía que romperse por algún lado.
-Lo curioso-dije mientras abría un corazón sobre el rostro de Natalia- es que no hemos sido endogámicos. Aquí se liaron muchos con muchas y a la inversa, pero ni uno solo ha durado.
-Tampoco tantos, ¡eh!- respondió Jaime mientras se liaba un cigarro- que aquí fuisteis muy católicos todos.
-¿Al final siempre tenemos que hablar de Iglesia?- le pregunté mientras los demás desviaban la mirada y nos dejaban debatir durante casi una hora antes de que, con una sonrisa, pidiéramos una nueva cerveza y volviéramos al redil.

Para entonces la conversación había derivado a la seriedad imperante en nuestro grupo, lo buen partido que éramos: jóvenes, cultos, trabajadores, guapos y alguno hasta alto. La cream de la cream en esto de los treinteañeros, vamos. Y allí estaban ellos, hablando de la crisis imperante en nuestra sociedad, con toda la solemnidad que la situación requería. No en vano, nuestro grupo se había dispersado por Europa en busca de un futuro mejor.

-Ha vuelto a pasar- Dani apareció de pronto, de la nada, de las sombras, con pasmosa solemnidad- ¡No os lo vais a creer! Me he vuelto a comer un quesito gris.

Todos comenzamos a reír. Yo el que más, recordando aquel primer recuerdo que guardaba de Dani, allí mismo pero en otras circunstancias. Habrían pasado unos 15 años desde entonces, desde que nos sentábamos a la sombra del frontón a comer pipas hasta las intempestivas 12 de la noche. Fue entonces cuando Dani, un tipo bonachón, divertido hasta límites insospechados y grandísimo amigo en general, nos contó su aventura con el quesito gris. Aquel pequeño trozo de queso del caserío debía llevar demasiado tiempo en el frigorífico y había tomado ya un color grisáceo propio de hongos, esos mismos que hicieron que nuestro amigo acabará convertido en hombre-lobo.

-Sí, muy serios- y todos reímos recordando la solemne seguridad con la que el niño Dani nos narró como se había transformado y la solemne seriedad con la que el adulto Dani nos anunciaba que todo había vuelto a pasar.

Comentarios

Nils ha dicho que…
quesitos grises a un lado,ultimamente estoy más hombre lobo que nunca, lo cual da tela de calor en agosto....
Javier Fornell ha dicho que…
¿y tu quién eres? perturbado, más que perturbado.... ahí no hay ni una pizca de verdad.

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