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El entierro real

El real de Gibraltar se había levantado y las tropas marchaban apesadumbradas hacía Sevilla. El rey, D. Alfonso sería trasladado hasta la ciudad y de allí a Córdoba como había deseado, para recibir eterna sepultura. Los hombres, cabizbajos, rezaban a Dios para no caer bajo la peste que por igual a reyes y lacayos, decían, se llevaba la negra muerte. Leonor, concubina del rey, cabalgaba entre el séquito funerario esperando encontrar en Medina Sidonia consuelo a su dolor y protección a su persona. Pues los señores, hastiados del poder de la amante de Alfonso, la repudiaban en insultaban sabiendo que don Pedro, el joven rey, no aceptaría a la mujer en su corte.

Leonor aceleró el paso al ver las murallas de Medina. Desde las murallas de la ciudad, don Alfonso Fernández Coronel, cabalgaba hasta la comitiva. Leonor sonrió, ella había le había proporcionado su posición y ahora se cobraría su pago.

-Don Alfonso -dijo la aún hermosa Leonor de Guzmán- me alegro de que acudáis en mi búsqueda ¿tendréis aposentos listos para una cansada mujer?.
-Los tengo, pero no para voz- fue la única respuesta del caballero, que continuó su cabalgada para unirse a la comitiva y presentar sus respetos ante el cadáver del rey.
-No os preocupéis, mi señora, pues nadie osará volver a molestaros- Don Nuñez de Lara, señor de Vizcaya, hombre galante y caballeroso, mostraba una dura sonrisa-. Vos fuisteis la favorita de mi señor rey y haré todo lo necesario para que nada os falte camino de Sevilla.

Leonor asintió, sabiendo que aquel ofrecimiento sería el único que lograría, pues el de Alburquerque había comenzado a mover sus hilos y sus espías le informaban de que Cristóbal, aquel joven que se había convertido en adulto a la sombra del rey y que desde el nacimiento del príncipe se había convertido en su mentor, también trabajaba a favor del monarca entre el burgo y el vulgo. Todo se ponía en contra de Leonor y sus hijos y la llegada a Sevilla corroboró sus peores temores. El príncipe Pedro, un joven apuesto pero de aspecto enfermizo, presidía la comitiva de bienvenida. El monarca anduvo hasta el feretro de su padre, agachándose ante él para presentarle sus respeto.

A su diestra la reina Doña María se mostraba orgullosa y altiva, hermosa como nunca antes lo había parecido. A su siniestra, el Conde de Alburquerque ejercía de consejero real y, tras el, Leonor descubrió a Cristóbal. Lo estudió detenidamente pues hacía años que sabía que la inteligencia de aquel hombre sin filiación, sin patria ni rey, sería clave en el reino. Cristóbal le devolvió la mirada antes de acercarse lentamente hasta su lado.

-Me alegra veros con vida, Leonor- dijo con cordialidad- no esperaba encontrarla en Sevilla. Supuse que buscaríais refugio en Medina -el tono burlón enfureció a la concubina- o que marcharíais en busca de vuestros hijos. Sin embargo habéis venido a Sevilla, al entierro de vuestro amado rey. Os lo advierto, Leonor, cuidaos en estas calles pues muchos desean vuestra muerte. Pronto será la coronación de Pedro. No os entrometáis, por vuestro bien, por el de vuestros hijos y sobre todo por el de Castilla.

Comentarios

Inés ha dicho que…
Javi, sé que esto no es un comentario, pero me gustaría preguntarte algo sobre un personaje de cádiz y ésta es la única forma que tengo de hacerlo.
Es sobre José Matía Calvo, creo que se le ha hecho poca justicia a éste hombre al que sin ser gaditano, tanto amó e hizo por ésta tierra. Si sabes algo de él, me gustaría que un día si tines a bien, nos contarás sobre su vida.
Javier Fornell ha dicho que…
Sé que la casa de Matia Calvo estaba en Mina, dónde hoy hay un edificio de la Junta que tiene una lampara enorme en la entrada siempre amarrada a uno de los lados (vale, me fijo en cosas raras) y que fue comerciante pero poco más. Buscaré a ver que encuentro de él.

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