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Vidas de vagón

Conoces mi rostro. Lo has visto una mil veces, pero jamás recordarás mi nombre. Yo soy uno más de esos miles que conforman estadísticas. Y ni eso, soy el “aproximado” que redondea las cifras. Tu mirada vacía se cruza con la mía y se desvía para perderse en el horizonte cercano de cristal del vagón. Cada día cruzamos nuestros caminos, vidas que se vuelven paralelas durante diez minutos. El tiempo que dura el trayecto entre las estaciones que componen nuestra vida. Vidas que jamás llegaran a unirse más allá de un rostro familiar en el reflejo de un cristal.

Como si fuéramos en un metro continúo nuestras vidas se entrelazan con otros viajeros, a los que nos conocemos, a los que jamás conoceremos. Cuyos rostros se vuelven difusos con el paso de los años. Rostros anónimos en tus propias fotos. Fantasmas reales a los que conoces desconociéndolos, con los que has hablado sin llenar de contenido las palabras. Como en un metro.

Conoces mi rostro, lo has visto mil veces. Durante años, incluso. De verano en verano, de fin de semana en fin de semana, de bar en bar. Y ahora, no soy más que un borrón de quién te cuesta recordar el nombre.

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