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La justicia del garbanzo

Aquel lugar era singular, diferente, distinto. En él podía ocurrir de todo, desde pasarte toda la tarde castigado limpiado platos, a pasar algunos de los momentos más divertidos del curso. Y es que, en un colegio como el nuestro, el comedor era un lugar hogareño, casi familiar, donde todos nos reuníamos para comer y reír libremente. Echar el rato con los compañeros que habían quedado atrás o, como aquel día, realizar experimentos. Porque, esa es otra, la comida de aquel comedor daba para probar muchas teorías como, por ejemplo, la capacidad del tomate frito para mantener unido cierto numero de platos. Hasta 6 llegamos a lograr unir sin necesidad de pegamento.

Pero aquel día nuestros experimentos se dirigieron a otras metas. Más que nada porque andábamos aburridos y algo había que hacer. En Guadalete era obligatorio para todos dejar los platos limpios. No importaba cuantos años tuvieras o cuanto asco te diera la comida, el plato debía quedar reluciente antes de abandonar la mesa. Y cuando tu plato está a rebosar de garbanzos y la hora se echa encima algo hay que hacer. No recuerdo quién propuso la idea, sería el Cabeza, que era de ciencias a aquellas alturas de BUP y que pocas veces tuvo ideas malas, pero lo cierto es que, al igual que los lapices se lanzan al techo, los garbanzos comenzaron a elevarse por el aire hasta quedar pegados en lo alto. Y lo que empezó siendo un garbanzo terminó siendo un plato. Y el nuestro tan limpio que pudimos abandonar la mesa.

Aún no habíamos llegado a la puerta de salida hacia la libertad cuando los gritos llegados del interior del comedor indicaron que algo ocurría: miradita rápida para cerciorarse y....

-Killo ¿qué ha pasado?
-¿Sabes que la física tiene un principio que dice que todo lo que sube baja? -dijo el Cabeza -Pues ha bajado justo sobre la cabeza de Roque
-¡La jodimos!

Pero no. Roque, el matón del colegio en aquel tiempo en COU, nunca supo que fuimos nosotros los que le lanzamos el plato de garbanzos desde el techo del comedor, y eso nos permitió, al menos aquel día, echarnos grandes risas a su costa sin que pudiera vengarse de todo el colegio. Venganza divina, tal vez, por todo lo que nos hizo pasar desde niños.

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