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William & Jane

Suspiró. Oteando el horizonte en busca de una vela que trajese buenas nuevas. Casi un año había transcurrido y cada día seguía el mismo ritual: subir a la desvencijada torre de la vieja iglesia y buscar en la lejanía noticias de su propia vida. Y como cada día descendió de su atalaya sin esperanzas de que terminase su sufrimiento. Caminó lentamente, entre los bancos de la iglesia de su padre, mirando cada losa. Esperando que al fijar la mirada en el suelo las lágrimas no se derramaran por sus mejillas. No deseaba que nadie le viese llorar. No por él. Ella lo había provocado todo. Ella había causado su marcha. Con su indiferencia, con su altanería. Al negarse al reconocer lo que ya todos sabían: que le amaba. Le amaba como jamás amaría a nadie. Pero había cerrado su corazón, había antepuesto la razón a sus sentimientos, asumiendo que jamás podría llegar a estar con él. Ella no eras más que la hija pequeña del pastor y él el heredero de sir Walter. Mundos diferentes e irreconciliables. Sus padres se habían enfrentado varias veces, centrando en la fe disputas tan arraigadas como el roble que presidía el patio. Y, al final, la muerte había acabado reclamando a sir Walter por su culpa.

Jamás se perdonaría aquello. Jamás podría olvidar que William había disparado a su padre para defender su amor, y ahora se encontraba lejos. Demasiado. Había sido enviado a Australia, las últimas noticias que recibiera le situaban en la India. Tan lejos. Siempre lejos. Y su amor se hacía mayor. Cada día que pasaba se sentía morir. Le necesitaba. Necesitaba su risa. Su mirada. Necesitaba verle retar a su padre. Necesitaba que su padre recuperase la cordura. Esa que había ido perdiendo haciéndose cada día más estricto, más duro. Sus sermones hablaban del pecado, de la muerte, de la culpa, pero jamás lo hacían del amor. Su Dios se había convertido en el Dios de la venganza y la Justicia, pero ya no era el misericordioso. Y ella necesitaba misericordia. Necesitaba el perdón de su padre. Y de William. Necesitaba sentirse amada y devolver su amor. Necesitaba a William y abrazada al gran roble lloró sin notar la presencia que se movía a su espalda.

El reverendo la abrazó y lloró sobre su hombro desnudo. Las lágrimas del padre se unieron a las de la hija. Y los dos lloraron por lo perdido. Jane por William, el reverendo por su propia moral. Abrazados, padre e hija, no escucharon los pasos que golpearon el suelo en su dirección.

-Jane- la voz sonó leve y contundente a la vez- Reverendo.

La chica se quedó quieta, observando temblorosa al fantasma que se presentaba ante sus ojos. El reverendo la empujó, levemente, hacía él. Su vuelta era su salvación. El fin de su locura.

-¿William?
-He regresado a mi hogar. He vuelto en busca de tu regazo. He cruzado el mundo para llevarte al altar. He muerto y renacido. He matado y ahora deseo dar vida. Deseo darte la vida que mereces. Y ni tu padre, ni nadie, podrán evitarlo esta vez. Nada me alejará de ti, nada, lo entiendes. Absolutamente nada.


Jane caminó vacilante hasta él y le abrazó, sintiendo el peso del amor entre sus manos.

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