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Jane & William

El reverendo llegó hasta el pequeño pueblo con el corazón latiéndole a toda velocidad. Los llantos de su hija habían desperezado a su conciencia hasta comprender que no podría vivir con esa carga en su conciencia. Había negado ante su hija la posibilidad de que William fuera condenado a muerte. Pero no tenía dudas de que el parricida acabaría pendiendo de una soga. Y con el también el reverendo. Se detuvo a la puerta de la vieja casona de piedra blanca que hacía función de cárcel. Las ventanas enrejadas recordaban la función de un edificio que, de otra forma, podría haber pasado por hermosa casa señorial.

-Sargento- dijo con leve voz- debo hablar con usted.
-¿Qué desea, reverendo?- dijo el sargento Joseph mostrándole la entrada a una pequeña habitación.
-Es sobre William. Creo que debo contarle algo. No podría vivir en paz de otra forma. El peso de la culpa acabaría matándome -se negó a confesar que el dolor de su hija sería la verdadera razón para sucumbir a la muerte-. William no es del todo culpable, sargento. El arma era mía. Fui a la casa con intención de convencer al viejo Walter de que alejara a su hijo de Jane. Se había propasado con mi niña -argumentó- ¿qué se espera de un padre en un caso así?. Pero jamás pensé que el final de la historia sería este.
-Reverendo, entiende las implicaciones que tiene esta confesión.
-¡Yo no dispere!
-Tendré que exponer el caso ante un juez, pero su enemistad con sir Walter era conocida por todos y usted mismo ha confesado que la pistola era suya y que acudió a la casa con oscuras intenciones.
-¡Quería proteger a mi hija!, pero jamás mataría a Walter.

El sargento se echó las manos a la cabeza, aquella situación no le gustaba. El asesinato del aristócrata por su hijo ya era una pesada carga, pero ahora se multiplicaba con la confesión del pastor.

-¿No podríamos solucionar esto de alguna manera? -dijo finalmente -Padre, creo en su inocencia, y el propio William ha reconocido que disparó el arma. Pero ahora...


El pastor levantó los ojos de la mesa para centrarlos en el policía

-¿Qué propones?
-Será mejor llamar al juez Steward.

Esperaron durante media hora hasta que el juez llegó. Se conocían de sobra, era un hombre bajo, rechoncho, simpático y asiduo a los servicios del reverendo. Escuchó paciente las explicaciones del pastor y del sargento, asintiendo de vez en cuando.

-Sí -dijo finalmente-, será lo mejor. No es una mala decisión. Mañana mismo llevaremos a cabo el juicio, para que dilatarlo más. Y la sentencia será la que debe ser.


Al día siguiente, sin que la implicación del reverendo en el asunto saltará a la palestra, William fue condenado al destierro en la India.

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