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Jane & William

El reverendo North maldecía sobre su montura mientras los pastos iban quedando atrás. En lo más profundo de su corazón siempre había temido que aquello ocurriese. Desde que eran niños, William había ejercido una rara influencia en Jane pero cuando el joven lord se enamoró perdidamente de Amelia respiró tranquilo. La muerte de la chica había supuesto un mazazo para toda la comunidad pero sobre todo en él. Temía que el antiguo hechizo que parecía unir a su hija con el vástago de lord Walter, y sus presagios se habían cumplido.

Pero, pese a todo, jamás pudo pensar que William llegará a propasarse con Jane. Menos después de su vuelta de África. Pero parecía que los días en los que el joven soñaba con lazarse por los acantilados habían quedado atrás. Ahora prefería pecar en brazos de su hija. Y no pensaba permitirlo. No iba a dejar que nadie, por muy noble que fuera, mancillase a su Jane.

Cabalgó hasta la hacienda y entró en la vivienda sin esperar invitación. Conocía de sobra la gran casa de lord Walter, había recorrido sus grandes salones demasiadas veces y ahora sabía el lugar al que debía acudir.

-¡Maldita sea, Walter!- gritó al viejo -Tu hijo ha abusado de mi niña.
-No puede ser -sir Walter se levantó del viejo sillón de cuero en el que estaba -William no sería capaz. Él sigue enamorado de Amelia, lo sé, lo conozco.
-Ha besado a mi hija sin su consentimiento, pregúntale a tu esclavo.

El viejo criado negro agachó la cabeza, sabía que el reverendo tenía razón, pero también sabía que debía negarlo. No podía traicionar a su amo, era algo que ya había aprendido con los años.

-Yo no sé nada, amo. Nunca vi al joven señor acercarse a la hija del reverendo.
-¡Mientes!
-¿Que son esos gritos?- William apareció en la sala. Se mostraba divertido con la situación.
-¡Tu!¡Malnacido hijo de Satanás!
-Cuida tus palabras, viejo, recuerda que estás en mi casa- respondió con odio sir Walter.

William se contoneó ante el reverendo hasta sentarse frente a la chimenea de alabastro negro.

-¿Que queréis que os diga? Sí, he besado a vuestra hija. Lo cierto es que le amo...
-No puedes amarle, William, uno no se enamora en dos días locamente- le corto North.
-Desde que tengo uso de razón -continuó el joven-. Siempre pensé que estaba fuera de mi alcance y cuando Amelia se cruzó en mi camino pensé que mi destino cambiaba para siempre. Luego llegó la guerra, marché a África y ella murió lejos de mí. Pensé morir con ella y estuve a punto de hacerlo. Hasta que encontré a su hija en el prado. Era como un ángel venido del cielo a salvarme. Ese día pensé saltar por el barranco, dejar que mi cuerpo fuera arrastrado por las olas, dejarme morir. Y entonces su limpia mirada me recordó que el mundo sigue guardando muchas cosas hermosas. Y que, quizá, había llegado la hora de tomar lo que debe ser mío. Y ella, reverendo, debe serlo.

-Nunca, me oís, nunca dejaré que os acerquéis a mi hija.
-Ni siquiera si ella me elige a mí.
-Nunca- dijo el reverendo desenfundando su revolver.

Comentarios

Alejandra Flores ha dicho que…
De lo que he leído del relato, ésta me parece la mejor escena. Hay más movimiento, más vida, las demás parecán estancadas en un halo de romance demasiado empalagoso... esta escena es la mejor, por ahora...
Javier Fornell ha dicho que…
Ya deberías saber que mis relatos suelen ganar al final. Pero no puedo negar que he tenido en cuenta tus recomendaciones y estoy retocando un poco lo que queda.

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