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La Marabunta

Los hombres habían logrado subir y ahora, al unisono, tiraban de la cuerda que elevaba un pesado cuerpo desde el suelo.

-¡Más fuerte!¡Más rápido!¡Más suave!- gritaba Fat en cada sacudida-¡Malnacidos! ¿queréis enfadarme?¡lo estáis consiguiendo!

Pero los piratas ignoraban las maldiciones del capitán, subiendo pesadamente el redondo cuerpo de su jefe apostaban sobre la posibilidad de atasco en el agujero superior. Pero ninguno venció la apuesta y el capitán Fat, por fin, se vio entre los muros de la Perro Caliente. Jadeando por el esfuerzo de bajarse de la barquilla en la que había sido alzado desde la cueva, miró a sus hombre.

-Ya estamos dentro. Debemos ir a por ese hijo de puta que le hizo daño a nuestras dulces Vasqués y Mutambo.
-Esa tiene de dulce lo que yo de amargo- dijo Mamonuth -estoy por componerle una canción y todo.
-Sobre todo -continuó Fat ignorando la intromisión- ese capitán Serin es nuestra competencia. Desde aquí está atacando demasiados barcos, y esos son barcos que no llegan a navegar a tiro de la Marabunta. Y eso sí que no podemos permitirlo. ¿Vamos a dejar que éste que se quede con nuestros botines?
-Te quedas tú y no protestamos -dijo Marco Antonio -¿porque íbamos a luchar contra Serin que es más alto, más fuerte, más poderoso y hasta con más carisma que tú?

Fat lo miró y dos lágrimas rodaron por sus mejillas. Y la ira se encendió lentamente en sus ojos. Pocos, quizá ninguno menos Borought, comprendían el significado de aquello. La rabia se concentró en el rostro de Fat. Cerró los puños. Desenvainó la espada y gritó.

-¡Por las croquetas de la Rubia que hoy me ganaré vuestro respeto!

Y se lanzó por los empedrados pasillos de la galería subterránea. Sus pasos resonaron entre las piedras. Un eco ensordecedor que parecía preceder a la llegada del mismo demonio. Los hombres se encogieron de hombros y siguieron a Vasqués, que abría la marcha en persecución de Fat. El ruido de las espadas chocando llegó de pronto. Maldiciones que se repetían por los pasillos. La voz del capitán se elevaba sobre somnolientos gritos de asombro. El dolor. El olor a sangre. Un reguero rojo y amarillento recorrió el pasillo. Más gritos que se acallaban con las pisadas de la tripulación de La Marabunta. El silencio de los hombres solo roto por las pisadas en la piedra. Pum, pum. Un corazón que latía al ritmo de las pisadas. Nuevos gritos. Jadeos. Espada chocando contra la piedra. Los expertos oídos de los guerreros reconocían cada ruido, cada sonido. El silencio de Fat. La carrera de la tripulación. Borought aceleró hasta situarse a la cabeza. Jadeos. Silencio. Hedor. Un recodo en el camino. Silencio. Jadeos. Susurros de dolor.

-¡FAT!- Borught dejó caer las armas y se arrodilló junto al capitán -Di algo Fat.


El capitán estaba bañado en sangre y sudor. La mirada perdida vagaba por los cuerpos muertos de tres jóvenes. La espada caída a su derecha, el filo ensangrentado. Lentamente, fijó la mirada en sus hombres.

-aju, hijo, ya no estoy para estos trotes. Un poco más y muero axfisiado.

-Pero... ¿has matado a todos?

-Yo no, el negro ese- dijo señalando a un joven de tez oscura y rizado cabello que sonreía desde las sombras.

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