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Alfonso VI, el Bravo (II)

Habíamos dejado a Alfonso VI, titulado ya Emperador de las Españas, organizando una cruzada contra los andalusies. Aunque la cruzada no llegó buen puerto, fueron muchos los cruzados que atravesaron los Pirineos, entre ellos Raimundo y Enrique de Borgoña. Su llegada, aparentemente intrascendente, conllevó un gran cambio en la Historia de Castilla: la aparición de la dinastía borgoñona al contraer matrimonio con las hijas del monarca. 

Pero sigamos con su apasionante reinado. En 1090 los almorávides realizan un tercer desembarco, destituyen al rey de Granada, vencen a al-Mamun, gobernador de Córdoba, y entran en Sevilla. Para luego marcharse y volver en 1097. La noticia la recibe Alfonso VI cuando se dirigía a Zaragoza, los almorávide fijan su objetivo en Toledo. El 15 de agosto, se produce la batalla de Consuegra con la derrota de Alfonso VI. En el 1102 cae Valencia, conquistada en 1094 por Rodrigo Díaz de Vivar y gobernada ahora por doña Jimena. 

En 1108 las tropas del almorávide marchan hacía Uclés sin que Alfonso pueda ponerse al frente del ejercito, lo que le evitó contemplar la dura derrota sufrida y, peor aún, la muerte del heredero, el infante Sancho Alfónsez. En menos de un año, 1 de julio de 1109, fallecía Alfonso dejando el trono en manos de su hija Urraca I.

Su reinado se caracterizo, además de por el ímpetu matrimonial -tres matrimonios consumados, uno frustrado por la muerte de la joven esposa, y una concubina con derechos de esposa: Zaida-, por el claro europeísmo del monarca que, fortaleciendo la seguridad del Camino de Santiago, y potenciando las peregrinaciones permitió la entrada de nuevas ideas traídas de los reinos cristianos del norte. Hizo hincapié en las reformas religiosas y aumentó el poder del ya reino castellano hasta que las fuerzas comenzaron a fallarle y los almorávides entraron en escena.

Por último, su reinado y su figura siempre estarán marcados por la visión que el poema de El mío Cid dio de él. Aún así, fue un gran rey.

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