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Mundos

A veces creo que el mundo es un lugar lleno de buenas personas. Entonces miro a mí alrededor, observo cómo se mueven ciertos elementos y compruebo que estoy equivocado. Cuando alguien te da las gracias por haberle ayudado sin esfuerzo, es que la humanidad va mal. Cuando la competitividad llega al extremo de negar tu mano al que te la tiende, aunque nada tenga que ver su camino con el tuyo, es que el mundo va mal. Si todos intentáramos ayudarnos un poco, si buscáramos las buenas palabras, los gestos amables, la sonrisa franca, todos ganaríamos. Al menos en calidad de vida. Pero este mundo se ha llenado de envidias. Envidias que nacen del miedo. El miedo a que el otro sea mejor y pueda superarte. Miedo a que el otro pueda tener mejor padrino y pueda pasar por encima de ti.

Pero esos miedos, esas envidias, no son más que muestras de un complejo de inferioridad que nos hunde en la miseria. El complejo de quién se cree peor y no ve que el esfuerzo, el trabajo, es lo que realmente nos hace mejores. Yo no creo en la suerte. Sí en las circunstancias, pero no en la suerte. La suerte se labra, se trabaja. Se siembre y se recoge. Igual que no creo en la envidia insana, pero si en la sana. En la que te hace fijarte en otro para superarlo, para ser mejor. Pero no mediante el ataque sino a través del trabajo.

Pero aún así, quiero seguir creyendo que el mundo es un lugar lleno de buenas personas.

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