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En la boca del Infierno

El Capitán Fat miró de soslayo a Borought, comprendiendo que su amigo tenía razón. El mismo se había amotinado contra su primer capitán después de un discurso más alentador que el suyo. Aún así, Fat confiaba en sus hombres, sabía que nada podría separarlos de La Marabunta y que, llegado el caso, todos aportarían su grano de arena para conseguir los objetivos propuestos.

-Bueno qué –gritó el Nutria- ¿os vais a quedar ahí o vamos a meterle el dedo en el culo a la perra ésta?
-¡No hables así!- gritó la Rubia -¡Te has educado con un preceptor de pago!
-No, Rubia, esos han sido los aristócratas esos- señaló con la cabeza a D’Orange, Corba y sir Charles.

Los tres aludidos bufaron desde su posición, incómodos y divertidos a la vez.

-No tengo culpa de haber nacido hijo de un hombre acaudalado –dijo lord Corba- Mi padre era maestro mayor de pocilgas del Reino. Y controlar la producción de cerdos favoreció mi educación. Pero yo he sabido dirigir mis esfuerzos a luchar contra los pobres, ¡pobres!, defendiéndolos de cerdos opresores.
-I debo ser one opresor pork, becouse y not soy pobre. Y never lo fui –dijo sir Charles- My father era terrateniente and militar doctor. And I’m muy happy de this.
-Yo llevo toda mi vida intentando acceder a esta categoría aristocrática…. Soy feliz siendo rico- repuso D’Orange encogiéndose de hombros y pensando en el semental de negro y brillante pelaje que tenía en casa –pero tampoco tuve un preceptor privado.

Fat comenzó a caminar hacia el interior de la caverna, seguido de Marco Antonio que reía abiertamente, entrecerrando los ojos para ver en la penumbra.

-Ya lo ha dicho el Nutria, metamosle el dedo en el culo a Serin. ¡Mamona el último!

Todos corrieron al interior de la cueva. ¿Todos? ¡No!, el capitán Fat se mantenía firme en su oposición a las carreras, y caminaba pausado refunfuñando por el mal discurso dado, y por la oscuridad de la cueva, solo rota por los escasos rayos que cruzaban su boca. Poco a poco los ojos fueron acostumbrándose a la penumbra. La caverna era grande. Tanto que la Marabunta podría esconderse en ella. Fat llegó a pensarlo. La pericia de Marco Antonio en el pilotaje de navíos era conocida en todos los mares navegables, si alguien podía meter el barco en aquel lugar era el italiano. Lo observo, de hito en hito, negándose a pedirle aquella locura.

-¿Marco?- titubeó.
-Sí, Fat, claro que puedo hacerlo.
-Aún no sabes que voy a pedirte.
-Que en vez del dedo le meta el barco por el culo. ¡Lo haré!

Asintió el capitán mientras el italiano llamaba a dos hombres y partía hacia el barco. Observó, entonces, lo que ocurría a su alrededor. El agua corría hacia el interior de la tierra, pero, en algún momento, comenzaba a elevarse. Escuchó el ruido de cascadas y se preguntó de dónde vendrían.

-¡Nutria!¡Mamonuth!, buscad el origen de esos torrentes. No volváis hasta que sepáis dónde están.

Los dos aludidos salieron corriendo, chapoteando al borde del gran lago interior, que se extendía hasta la oscuridad de la caverna.

-Mutambo y Borought, traed uno de esos botes y navegar hasta el final del lago, quiero que busquéis un lugar tranquilo dónde descansar, y con la suficiente altura para encender una hoguera- el no matrimonio comenzó a andar hacia una barca, mientras el Capitán se volvía hacia la Rubia- Prepara algo de comer, me muero de hambre.
-No te vendrá mal pasar hambre –dijo la Rubia- así te quitas esa barriga que tienes. ¿Carne o pescado?
-Carne. Japi, ve con sus excelencias- dijo con media sonrisa refiriéndose a Corba, Orange y Charles y asegura el perímetro. No quiero que nos cojan desprevenidos. Vasqués –dijo finalmente- tu conmigo. Debemos hablar de cómo subir a la Perro Caliente. ¡Vamos!

Vasqués asintió:

-Por una vez, Capitán- dijo- pareces realmente estar al frente de esta horda.

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