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La búsqueda (XXVI)

Abandonaron el hospital psiquiátrico sabiendo que no encontrarían nada más allí. Echaverri se sentó en el asiento del copiloto, mirando atónito la libreta Miguel García. Era un cuaderno normal, con la pasta roja de cartón y anillas negras. Nada podía indicar que en su interior escondía todo aquella información.

-El médico fue listo. Sí hubiera siquiera insinuado que existía esto –Echevarri levantó el cuaderno-, ahora estaría muerto. Seguro que leyó lo que ponía y entendió la importancia de la información. Por eso lo mantuvo en silencio.
-Pero ¿por qué no ir a la policía?
-Miguel era policía y acabó muerto tiroteado por otro policía. Otros, tal vez, no se hubieran percatado de la rareza del hecho. Es más, cuando saliste libre de cargos, la prensa habló de corporativismo. ¿Qué crees que pudo pensar este hombre?
-Que Errante tenía influencias en la policía y que podía matar a cualquiera.
-Exacto- concluyó Echevarri con una amplia sonrisa en los labios.

Desde ese momento se enfrascó en la lectura del cuaderno e ignoró a su compañero. Jarque estaba sumido en sus propios problemas, recordando la fatídica noche en la que disparo a su compañero. Hasta ahora no se había dado cuenta de que no sabía el apellido de su compañero. Lo había matado y ni siquiera se había preocupado por saber quién era. Se sumió en su propio infierno que le llevó a las drogas y casi a destruirse. Alejado de su sueño de ser policía, apartado de su vida, de sus amigos y hasta de su ciudad, cambió Cádiz por Madrid y su apartamento por una habitación en una pensión de mala muerte, rodeado de yonquis y putas. Él mismo se había convertido en un yonqui. Y ahora descubría hasta que punto había confundido su situación. Ahora volvía a jugar en las ligas profesionales, pero ya no estaba en había dado el salto a la Champion y lo había hecho acosta de la muerte de su compañero.

-Jarque –Echevarri le despertó de su ensoñación –hemos llegado ya. ¿Quieres subir a casa y leemos esto tranquilo?
-Sí, sí, cuanto antes nos pongamos antes terminaremos. Hay que acabar con Errante y aquí lo tenemos todo…. ¿cómo lo conseguiría?
-Vete a saber –Echeva se encogió de hombros mientras salía del coche para abrir la puerta de su casa- pero este cabrón consiguió más que toda la Interpol junta. Con esto tengo a Vargas en el bolsillo, mañana mismo le daré la información al fiscal y pediremos la extradición.

Jarque comenzó a subir las escaleras, seguido de Echevarri que no dejaba de ojear el cuaderno.
-¡Joder!, ¡para! Tenemos que irnos de aquí- gritó Echeva.
-Pero ¿por qué?
-Errante está en Cádiz y cuanto antes acabemos mejor. Vamos por él. Además- dijo de pronto- arriba están esperándonos para matarnos.
-¿Cómo narices lo sabes?- Jarque le miró atónito.
-Por algo me llaman Vaca Sagrada, soy como un indio, intuyo cosas- dijo risueño mientras comenzaba a bajar la escalera.

Jarque miró a la parte alta de la escalera, antes de volverse y seguir a Echevarri. No se dio cuenta de que les disparaban hasta que el cristal del portón de la calle saltó por los aires. Echeva sacó su arma y comenzó a disparar, cubriendo a su amigo que saltó fuera de la casa y corrió hasta el coche. Se montó y arrancó, abriendo la puerta del copiloto para que Echevarri pudiera saltar dentro. Arrancó en cuanto el vasco se sentó. Desde el retrovisor vio como un hombre enchaquetado salía de la casa y pronto era rodeado por curiosos hasta desaparecer.

-¿Dónde vamos? –preguntó Jarque.
-Primero al hospital, otra vez estás sangrando.

Jarque se miró la herida y sintió la bala bajo la piel.

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