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La busqueda (XXII)

-¿Porqué todo el mundo se empeña en insultarme? –dijo Jarque con amargura- Estaba muy tranquila hasta que me ha visto y ya has visto como se ha puesto.
-No es la primera vez- respondió el médico- cada cierto tiempo Eva tiene un ataque parecido. Pero es comprensible. El calvario que vivió esa chiquilla no tiene nombre. Estuvo varios meses encerrada, viendo como sus compañeras morían una a una de inanición, y ella sobrevivió solo Dios sabe por qué.
-Tal vez para ayudarnos con Errante.
-¿Errante?- el médico miró sorprendido a Echevarri- Eva siempre habla de él en sus sueños. Pero lo que dice no es coherente. Parece como si repitiese una conversación con ese otro hombre, y le llama Errante. Le pide que la libere, que deje que la bienhallada siga con vida –Jarque y el vasco se miraron- pero cuándo le preguntamos quién es la bienhallada no responde. Se echa a llorar y dice que es un ángel. Realmente está mal.
-Debemos hablar con ella.

Echevarri se puso de pie repentinamente. Su semblante había cambiado y las dos coletas que colgaban sobre sus hombros le daba el aspecto de un terrible guerrero indio. Jarque estuvo a punto de esbozar una sonrisa pensando en el mote por el que se conocía al viejo forense, pero la seriedad del momento le hizo reprimirse. El vasco se dirigió a la puerta dispuesto a ver a Eva, pero el médico se interpuso en su camino.

-No podéis hablar con ella ahora, está sedada.

El viejo policía lo apartó con un empujón y comenzó a andar por el pasillo en dirección a la habitación dónde estaba recluida la joven. Los celadores intentaron impedírselo, pero el hombre parecía fuera de sí y sacó su arma reglamentaria.

-Si alguien intenta impedirme que hable con esta mujer -dijo señalando la puerta de la habitación- lo mato. Y no me temblará el pulso.

Jarque no sabía como actuar ante la reacción de su compañero y acabó por sacar el arma y posicionarse junto a él “al fin y al cabo”, pensó, “me ha salvado la vida dos veces ya”. Se quedó en la puerta mientras Echevarri entraba en la habitación, y la cerró tras de sí con suavidad, para no despertar a la chica. La joven farfullaba, atada en la cama, revolviéndose en intranquilos espasmos. Echevarri se sentó a su lado y, casi susurrando, preguntó:

-¿Dónde está Errante'
-No sé
-¿Y la Bienhallada?
-Quiere matarla.
-¿Dónde está?
-Aquí
-¿Dónde es aquí?
-En el contenedor.
-No, Eva, en el contenedor no estaba. Yo ayude a sacarte de allí. Y no estaba.
-Sí, si está. Justo frente a mí -la joven comenzó a llorar.

Echevarri se levantó de un salto y cogió la carpeta del viejo maletín que había dejado junto a la puerta.

-¡COÑO!, Jarque, ¿cómo no me di cuenta antes?

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