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En el coche automático.

Fue uno de esos días, pocos, en los que fui a Conil ya caída la noche. Siempre fui foca diurna, lo reconozco y no es que la noche me confundiera, simplemente lo ignoraba todo de ella. Al menos de ese tipo de noche de salidas hasta las bien entrada la madrugada. Pero aquella noche fue una de esas en las que mis grasas acabaron en las carpas conileñas. El suceso que regresa a mi memoria ocurrió llegado ya el momento de volver a nuestras casas. De hecho, el hecho se produjo en nuestra muy amada urbanización. Iba yo en el vehículo conducido por Marcos, convencido de que había cumplido la edad legal de conducción y era el mejor de los conductores de todo el grupo. Y si bien lo segundo era cierto, el tiempo –un año más o menos- me valió para comprobar que lo primero era erróneo.

Pero, como les digo, veníamos de regreso de una noche de juerga y yo, sentado en la parte de atrás, justo tras el conductor, me había quedado dormido. Un badén se encargó de despertarme. O tal vez el ruido de un golpe en el cristal. Miré a la ventana, intentando adivinar que nos había golpeado y allí estaba Marcos, sonriendo y saludando. No me asusté, que el conductor del coche que te lleva esté corriendo junto al coche en el que vas no debe causar miedo. Sobre todo porque otro podría conducir: el copiloto. Pero un grito a mi derecha me sacó de dudas: Es imposible que el copiloto conduzca si corre parejo al coche en el que vas. Menos aún si, junto al piloto, están montándose en el maletero. En ese preciso instante, les aseguro, no sienten miedo a morir. Será porque se tiene miedo de aquello que es incierto y, con el conductor saludándote por la luna trasera mientras el coche continúa a buena velocidad, no hay duda: vas a morir.

No ocurrió. Sigo vivo.

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