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El paraíso gaditano

Cuantas veces no habrán dicho los gaditanos, entre los que me incluyo, que Cádiz es el paraíso. Y cuán equivocados estábamos. Cádiz no es el paraíso. Lo siento. No lo es. Y no es que lo diga yo porque sí, que otros más sabios y mejores lo han dicho. Entre ellos el conocidísimo Torquemada, pero no es el santo inquisidor. Ni siquiera su tío, que fuese obispo de nuestra egregia diócesis. No. Ninguno de ellos. Fue el perseguido Antonio Torquemada, en su “Jardín de Flores Curiosas” (1575) quien dejo claro que esto no podía ser el paraíso, pues los evangelios eran claros: a las puertas del paraíso un querubín con un arpa enviaría andanadas de fuego en todas direcciones. Y bien es sabido por todos que las columnas de Hércules, situadas en el Estrecho de Gibraltar, marcaba un fin del mundo que terminaba de ser señalado por el propio Melkart en la famosa estatua dorada que perduro hasta el s. XI vigilando las costas de Cádiz. Decían los marinos que navegaban más allá, que las olas se elevaban hasta ser capaces de hundir los barcos; que los rayos iluminaban las noches de tormenta hasta hacer de la oscuridad día. Por eso, dice Torquemada, Cádiz no puede ser el paraíso, como algunos autores y todos los gaditanos afirman. Cádiz es la puerta del paraíso terrenal que, protegido por el querubín pirómano, se situaría en las nuevas tierras conquistadas por Colón.

Curioso, sin duda, que aquello que los antiguos dijesen sea más realidad de lo que parece. No somos el paraíso, pero si este eran las tierras americanas, sin duda, Cádiz fue la puerta del Edén.

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