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Viajar por la historia

Caminar por El Escorial, por Aranjuez o por el Palacio Real de Madrid, te empuja a un mundo irreal, casi fantasioso. De grandes reyes y emperadores que se creyeron, y en parte fueron, amos del mundo. Un imperio creado con el sudor y la sangre de los soldados hispanos. Época curiosa aquella, en la que lejos de las actuales luchas internas, todos combatían hombro a hombro, hombre a hombre, por el bien de las Españas. Hoy nadie mira por el bien común. Acusamos a viejos de reyes de mirarse su ombligo, pero ¿acaso nuestros reyezuelos actuales vestidos de políticos son mejores que aquellos emperadores de la Edad Moderna?

No. Por supuesto que no. Reyes como Felipe II o Carlos I engrandecieron nuestro país. Fueron cabeza visible de un reino temido y respetado. Pero temido y respetado por la ferocidad de sus hombres. Por la camaradería de sus soldados. Por la grandeza de los hombres que, sin mirar en qué lugar de esta tierra nacieron, defendían el pendón real –y con él, el honor de cada uno de ellos-.

Pero desgraciadamente, la historia ensalza a los grandes hombres y oscurece a los pequeños que sustentaron su papel. Dice el refrán que los árboles no nos dejan ver el bosque. En la historia, ocurre algo parecido. Los grandes árboles nos ocultan la verdad. Y gran parte de la culpa de esa ocultación está en manos de los historiadores.

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