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Vergüenza

Es definitivo. La bolsita blanca que me dieron para condimentar la comida no es sal. Solo así se entiende los sucesos que me acaecen después del más o menos copioso almuerzo. Y hay cosas que se pueden pasar por alto, al fin y al cabo, a quién no le gusta charlar un rato con Vlad el Empalador sobre la mejor forma de cocinar cabezas humanas. ¡Nadie en su sano juicio rechazaría la oportunidad de una sobremesa con Cesar!, por poner otro ejemplo. Y lo acepto, no tengo problemas, luego me montó en mi dragón blanco y vuelo hasta el trabajo, con el consiguiente ahorro de dinero y tiempo al no tener que aparcar, ya que él se queda acurrucado en el torreón con el fantasma del militar muerto (¡que de tiempo sin vernos, por cierto!) susurrándole nanas.

Pero hay cosas que no se pueden obviar. Cosas raras, extrañas, que afectan a la vida del uno, yo. Y entre ellas, la peor de todas, es atropellar una columna. Y no una columna pequeña, no. Ni escondida detrás de una esquina, tampoco. Una gran columna, de mármol blanco, que permanece impertérrita en el rincón del patio por el que paso cada día camino del trabajo. Es más, está en el propio trabajo, aguantado la biblioteca que consume mi seso e intelecto. Dos años llevo viéndola y llega el día de ayer y me la como. La atropellé. Sin querer, cierto, pero el susto ha sido grande.

Aunque quédense tranquilos: ni ella ni yo hemos sufrido más daño que la vergüenza, en su caso, para colmo, ajena.

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