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Walking alone


Silencioso. Tímido. Meciéndose al viento como un estandarte perenne de la amistad. Creando profundos surcos en las vidas de quienes le rodean, como el caminante deja huellas en la orilla del mar. Ese mar que mira con ojos claros, limpios y transparentes como sólo pueden tenerlos quienes no ocultan nada, aquellos en cuyo corazón no anida el mal, sino el bien. Y él es así. Parte del Bien en este mundo que parece condenado a dividirse y enfrentarse.

Se enfrenta solitario a sus pesares con una sonrisa en los labios que siempre le acompaña, aunque sus ojos se muestren huidizos, tímidos. Aunque lo oculte, como quien se aleja caminando lentamente con las manos en los bolsillos. Disimulando una verdad que todos conocemos. O al menos quienes le conocen en realidad. Mostrando la más amplia de sus tristes sonrisas. No sus risas que acompañan las noches, y no tan noches, como faros que iluminan su alegría. Una alegría que comparte con los demás, tiñéndola, a veces, de un pesimismo que no le corresponde. Creyendose perdedor de batallas infundadas creadas por amigos burlones de sus derrotas buscadas y encontradas. Él aspira a otras victorias, más grandes, más loables, más heroicas que las ganadas en pequeñas reyertas nocturnas en las que actua de compañero fiel. De leal escudero sin adelantarse en la liz buscando una victoria que, algo me dice, no desea del todo.

Pero, sobre todo, es un compañero presente siempre. Y tal vez eso sea lo más importante de él. En lo bueno está con su sonrisa y su risa, en lo malo con su presencia. No necesita de palabras, es hombre solitario, y tampoco las da en exceso, sólo las necesarias y ni estas. Como si observase las olas romper en la orilla de su playa, acepta los errores y los arropa con su silencio, acompañando y respetando.

Y demasiadas palabras escribo ya para alguien que no las quiere. Y más aún porque, en mi caso, solo se necesitan dos para definirlo completamente: Amigo, hermano.


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