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La Búsqueda (XVII)

Echevarri y Jarque volvieron a España. El vasco había llamado a sus contactos decidido a proteger a su joven compañero, que se encontraba abatido por el descubrimiento del secreto que se escondía tras Errante. Vargas llamaba continuamente, deseando conocer los avances que los dos detectives estaban realizando. Y una y otra vez, Echeva le daba largas.

-La situación ha cambiado, Jarque-dijo Echevarri- tenemos que ir a Cádiz. Allí fue dónde empezó todo y allí encontraremos el hilo del que tirar.
-No hay nada de donde tirar. Lo maté y lo abandoné- Jarque tenía la mirada perdida desde cuatro días antes- Era mi compañero y lo dejé allí tirado. Si no entré en prisión fue porque me encubrieron mis propios compañeros. Dije que había alguien más en la casa, que me quitó la pistola y disparó. Nadie me llevó la contraría, pero yo sabía la verdad. Lo maté. Tal vez hubiera alguien en la casa, pero no lo sé seguro. En aquella época tomaba muchas drogas. Ya conoces mi problema- dijo mirando a Errante- y veía cosas. Y no precisamente elefantes rosas.

Echevarri había alquilado un pequeño apartamento en el barrio Santa María, decidido a llegar al fondo de la cuestión sin levantar ninguna sospecha, y el origen de todo parecía estar en Cádiz.

-Quizá hubiese alguien en esa casa. El hecho de que alguien haya querido vengarse de ti de esta forma demuestra que en aquella casa ocurría algo.
-Veía niños que paseaban corriendo por mi cocina. Señoras mayores que aparecían de la nada. Llegué a pensar que estaba muerto, pero eso era porque acaba de ver el Sexto Sentido.
-¡Hombre!-exclamo Echevarri- por fin algo de humor.
-¡Que humor, coño! Me pasaba el día drogado, y después del suceso mucho más.


Echevarri ignoró a Jarque y comenzó a estudiar los informes del macabro hallazgo de Jarque en la casa de la calle San Francisco. El hombre había sido violado, introduciéndole una botella en el ano. Le habían prendido fuego, con un líquido inflamable indeterminado, estando aún con vida. También le habían marcado con un arma punzante las palabras Vita et Mortis en el abdomen, y algo más que resultaba imposible de descifrar al haber sido arrancado por las dentelladas del perro. Las fotos mostraban, además, como las paredes de la habitación tenían escrito el Levítico y en el suelo había un pentagrama dibujado con sangre.

Echevarri se quedó mirando el pentagrama, aquello era lo más sorprendente de la escena del crimen. Quién hubiera matado al hombre, había escrito en el suelo la obertura del “El cazador furtivo” de von Weber.

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