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Carnaval

Los que me conocen saben que el carnaval no es santo de mi devoción. Y no lo es porque la fiesta se ha desvirtuado y el sabado de carnaval es imposible escuchar en la calle las letras que han sonado en el Gran Teatro hasta ayer mismo. Ahora, en las calles, se escuchan gritos y risas; pero también peleas e insultos. Vomiteras y meadas que manchan esquinas donde antes se colocaban ilegales y legales. No sé que pasara hoy, pues ayer llovió como hacia años que no llovía -y se lo digo yo que pasé verdadero miedo camino de Vejer para hablar de Manos Unidas y la India con chavales del pueblo-

Pero me da pena que llueva estos días. Porqué sé que hay mucha gente que ha trabajado a lo largo de todo el año para esta semana. Personas que, sin tan siquiera haber pisado las tablas del Falla, han perdido tardes y noches preparando un repertorio para cantar en la calle a todos esos que quieren escucharlo. Porque sé que hay muchos que viven con la ilusión de disfrutar estos días. Gente que prepara con esmero su disfraz para que sea original y divertido.

Y aunque ahora el sabado de carnaval ya no sea lo que fue, no es menos cierto que aún guarda algo de su esencia. Esencia que se recupera el domingo y el lunes de coro. En el carrusel de ilegales del Pópulo, y cada rincón de Cádiz donde un romancero se paré a contar sus historias. Por eso, espero, que aunque no sea yo quién esté el sábado en la calle, el agua respete tantas ilusiones.

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