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Objeciones

¡Vaya por Dios!, por mi y por todos mis compañeros. Otra vez ha vuelto a ocurrir, pardiez y repardiez. Y me preocupa, no se crean. Me resulta muy preocupante. No por nada. Por todo. Me preocupa porque si mis propios amigos llaman preguntando por mi creciente estado de malestar psiquico ¿qué será de quienes no me conocen? Pues si los que me conocen creen que estoy dispuesto a saltar por una venta, alguién que desconozca que no realizaré tal acto podría llamar a la policía. Y no, gracias. No pienso saltar por la ventana. De hecho, no salto. Nunca lo he hecho. Ni en el colegio cuando D. Damián nos obligaba al salto de altura. Yo me oponía. Saltar, como correr, va en contra de mis principios. Soy objetor de salto. No saltaré.

Además, estarán conmigo, saltar desde una ventana es poco limpio. Dejás el suelo sucio, lleno de sangre, materia gris y astillas de hueso. ¿Y luego qué? ¿Tiene que venir el señor de la limpieza a recoger tus deperdicios?. O despojos. ¡Que desagradable labor! Así que tranquilicense quienes piensen que mis escritos petrarquianos muestran mi malestar con este mundo. Nada más cerca de la mentira. Escribo porque sí. Porque, a veces, uno necesita ponerse serio. Escribir cosas bonitas, tiernas, que hagan enternecer el alma de los mortales. Y como el amor no es mi fuerte, pues escribo de muerte, tristeza y sentimientos varios y variados.

Así que, queridos amigos y, sobre todo, amigas. Tranquilos, y tranquilas. No saltaré por la ventana. Mi suicidio será menos pueril, más elaborado sin duda. Pero, mientras que las ganas de lanzarme por la ventana sigan sin llamar al telefonillo, puedo decir sin miedo a equivocarme: Yo objeto de la muerte… o de provocarme la muerte.

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