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El secreto

Ha sido casi al final del verano. Pero por fin lo vi. Ese ritual que todos los que hemos pisado la arena de la playa hemos realizado alguna vez. Era un niño de unos siete años. Seguro que su padre, o algún chico mayor, le explicó como hacerlo. Porque el ritual es uno de esos secretos que pasa de mayores a pequeños como si de una experiencia iniciadora fuese. Tan secreto que con sólo ver el primer movimiento todos sabemos que va a ocurrir. Ese acercarse a la orilla y recoger un poco de arena mojada, pasándola entre las manos ahuecadas para que pierda el agua y vaya tomando su forma redonda. Endureciéndola poco a poco antes de caminar, con los pies temblorosos y la bola en la mano, hasta la arena seca. Arrodillarse, como quien reza a su dios, para abrir un hueco en la arena donde introducir la bola. Cuidadosamente, como ese niño que me sacaba la sonrisa por el secreto conocido, echándole arena seca una y otra vez. Sacudiendo la arena sobrante para volver a humedecerla y reiniciar el proceso.

Y, tras casi 10 minutos preparando la pequeña obra de arte, comienza la verdadera diversión. Lentamente, casi de puntillas para evitar cualquier ruido que la arena de la playa pudiera producir, el chico camina hasta la sombrilla en la que sus padres, o sus abuelos, o sus tíos, descansas del cansado baño. Y allí agazapado tras la silla de franjas azules y blancas. El chico se pone de puntillas y lanza la bola, dura ya, sobre la espalda de su familiar. Riendo y corriendo hacia el agua, esperando que aquel que sirvió de diana le siga en su juego como otors tantos hicieron antes.

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