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El queso y la rueda de la vida

A veces pienso que la vida es como una rueda, una de esas que se le ponen a los hamsters en la jaula. Una rueda que gira sin cesar, sin que nos demos cuenta nos lleva por el camino marcado, el único posible. Pero esa misma rueda, a veces, también da sorpresas. Pequeños regalos que, como el queso en la jaula, hacen más grato ese camino. Y últimamente he encontrado ese queso en forma de amigos. Los amigos de siempre, se puede decir. Esos a los que no se valora porque siempre han estado ahí. Esos que no necesitan decirte soy tu amigo ni que tu se lo digas, simplemente lo son, y punto. Esos amigos que aparecen cuando uno menos lo espera, en la tristeza, en la pena, en el desencuentro con la vida. Entonces, aparece esa mano tendida y esa sonrisa amable que en la alegría era risa contenida o sin contener.

Pero, saben, a veces esa pequeña ración de queso puede llegar a convertirse en una gran pieza. Cuando los amigos se reúnen y se mezclan. Diferentes sabores que, como en la vida, provienen de diferentes lugares. Los amigos de uno y otro lado. Los del colegio, los de la calle, los de la infancia…. se unen por alguna casualidad de la vida y, entonces, tu vida se ve convertida en un uno, donde las diferencias se mitigan.

Algo así pasa estos días en mi vida. Por una feliz casualidad una parte de mi vida se ha unido al resto. Lacueva y mis amigos de la infancia ¿acaso no es Lacueva uno de ellos? Pero la vida los mantuvo separado, un ente autónomo del que todos me oyeron hablar como mi hermano gemelo, pero al que pocos conocían realmente. Ahora es parte del todo. Y ese todo se muestra como lo que siempre debió ser.

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