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Cruel...

La vida es cruel. Una puta cara, que pocos tienen dinero para satisfacer y que esconde trampas bajo sueños felices. Anhelos que se convierten en pesadillas. Lágrimas que surgen entre preguntas sin responder. La vida, cruel como sólo ella es, esconde incógnitas que nadie es capaz de responder. Se agazapa y ataca a quién menos lo merece, golpeando mil veces hasta que sólo el barro detiene la caída. Y, una vez allí, vuelve a golpear. Sin sentido, sin ranzón. Simplemente la vida, cruel con quien no lo merece, con quién jamás debió recibir esos golpes.

Golpes que se convierten en lágrimas silenciosas. En silenciosos sollozos en oscuros rincones. Golpes que acrecientan la soledad y la tristeza por el ausente. Del que se hace ausente, del que está ausente. Y ausenta a quién está. Cuando eso pasa, entran ganas de enfrentarse a todos. A los que ayudan a la vida a golpear a quien no lo merece. Y lanzarse en ayuda de quien ha sido golpeado. Tirarse en el barro, mancharse junto a esa persona y gritar que otros le ayudaran a recibir la paliza. A cubrir los golpes, a llorar juntos, a curar cada herida y cada moratón.

Y recordar que no siempre se ausentan quienes están. Muchas veces somos nosotros quienes nos cerramos a la verdad. A la verdad que pone a nuestro lado a la persona adecuada. Que se encuentra con los brazos abiertos para abrazar, con los oídos listos para escuchar, con el corazón lleno de desazón por la tristeza del otro. Pero siempre ausente hasta que se necesita de él.

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