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Flanes y caballos

Ya les he dicho muchas veces que me gusta pasear por el centro de Cádiz. Y el otro día caminaba por la calle Ancha, justo por la puerta de Quorum pensando en que libro iba a comprarme y si debía hacerlo. De hecho, últimamente me encuentro ante un grave problema: mi biblioteca crece a ritmo exponencial, pero el espacio para ella sigue siendo el mismo. Conclusión, en dos meses no tendré donde colocarlos. Pero no les voy a hablar de mis libros ni de mis problemas espaciales. No.

Les quería hablar de algo que vi en la calle, mientras caminaba tranquilamente. Algo que, otra vez, me trajo la sonrisa a los labios. Un hombre y su nieto paseaban felices. La sonrisa el abuelo era pareja a la del niño. Feliz con su gorro y su caballo de madera, de esos que solo eran un palo y la cabeza. Y recordé a mi abuelo, tirado en el suelo de la casa de Doctor Dacarrete, jugando a indios y vaqueros. Me acordé de mi primo en aquella misma casa. Con su gorro de vaquero y su chapa de sheriff. Yo llevaba plumas y un arco, y los dos nos peleábamos por la escoba, para poder montar a caballo mientras mi abuela hacia flanes en la cocina. Siempre había flanes en el frigorífico de aquella casa. Recuerdo el olor y los vasitos de hierro rojo donde los hacia. No sé cuantas veces nos metimos en la alacena, en el rincón de la cocina de las sillas rojas, para tomarnos los flanes sin que ella nos viera. Creyendo que hacíamos una travesura, sin que nuestras mentes aún inocentes, comprendieran que la abuela los dejaba sobre la mesa esperando que los cogiéramos.

Aquella casa era especial. Mágica. Allí todo se transformaba en algo diferente que agilizaba nuestra imaginación para convertir en juego todo. Una losa que se movía en el suelo. Un rincón oscuro entre el sofá y el mueble de la tele. El armario creado al cerrar el pasillo que cruzaba el patio hasta el piso de al lado. Todo en aquel pequeño piso nos permitía jugar. Hace mucho que aquel piso dejó de ser el de mi abuela, y mucho más desde la última vez que jugué con mi primo entre aquellas paredes. Pero al ver a aquel niño y su abuelo, no pude más que recordar todos aquellos momentos.

Comentarios

sempiterna ha dicho que…
Mmm, los flanes y mis abuelos. Yo también tengo ese recuerdo.

Asocio algo especial (verano, vacaciones, puentes,...) a fuentes de natillas, pero el resto del tiempo, siempre había un flan (chino) en casa de mi abuela que partíamos exactamente en tres trozos, para mi abuelo, mi abuela y yo. Mi abuelo siempre movía el plato haciéndolo temblar.

Es increible la cantidad de veces que el ser humano es capaz de recordar (y de recordar con nostalgia) al día...

Un beso, Cathan!!
Javier Fornell ha dicho que…
Si, creo que todos tenemos un recuerdo de flanes o natillas en casa de nuestros abuelos... mi madre cae ahora en el mismo error con mis sobrinos.

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