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El ataque de los draconianos

Robbel se habí­a transformado en un solo segundo. Los ojos de su enemigo parecieron salir de sus orbitas mientras los brazos del drow se convertí­an en plata. Iba a decir algo, pero justo cuando su boca se abrí­a, mientras su espada se dirigí­a hacia él, un golpe seco destrozó su abdomen, clavandole una lasca de su propia armadura en el pulmón. La daga chirrió estridentemente sobre la coraza del draconiano, mientras resbalaba sobre ella antes de abrir una fisura en el metal. El golpe sorprendió al guerrero, que no esperaba que una simple daga atravesara tan fácilmente sus defensas. El rostro del draconiano se congestionó según el aire comenzaba a escaparse por su costado. Buscó desesperadamente a su compañero, pero tan solo pudo ver como caí­a, envuelto en llamas, por la muralla exterior. Estiró su brazo hacia él, suplicando con la mirada que no le dejará solo con aquel ser, no tuvo fuerzas para empuñar la espada y cayó a los pies de aquel drow recubierto de plata.

Robbel observó a su alrededor, los enemigos continuaban llegando por la muralla, pero en menor número pues parecí­a que la batalla se estaba librando, ahora, en otro lugar. Pese a todo, el golpe no era mortal y, aunque un hilo de sangre empapo el cuero de su camisa, no impedirí­a que siguiera en lucha. Su enemigo lanzó un tajo hacia delante, pero el golpe recibido le habí­a hecho perder sus fuerzas y la hoja voló sobre la cabeza de Robbel. Que vio como desde el lateral, un segundo draconiano se lanzaba al ataque. Pero el draconiano no debia esperar lo que ocurriría. Julia y Martina, las dagas del drow, cobraron vida, y una tormenta de fuego y hielo se desató. Robbel adelantó la daga y su espada de fuego voló hacia el cuerpo del segundo de sus enemigos. Aún le quedaba un as en la manga, pero si con eso bastaba mejor no malgastar recursos.

-¡Sigamos bailando, señores, sigamos bailando!

El draconiano cayó al suelo sin entender como aquel insignificante drow habí­a podido dañarlo. Habí­a intentado seguir luchando, pero las fuerzas le fallaron con tanta rapidez como la sangre brotó de su boca. Con un último aliento, se retiró el casco, dejando a la vista su rostro ensangrentado que no entendí­a como podí­a haber muerto de aquella estúpida manera. No le dio a tiempo ver como la espada de Robbel volaba hacia su compañero, que tan solo pudo saltar a un lado, pero no lo suficiente como para que el fuego de aquel acero mágico quemase parte de sus ropas.

El tercer de los draconianos, observaba la escena, por primera vez un grito surgió de sus labios. Aquel baile que le proponí­an no le valí­a, pero no podí­a retroceder. Al menos morirí­a luchando y no convertido en... preferí­a no pensarlo. A la par que gritaba se lanzó hacia delante desesperadamente, dirigiendo su espada al rostro de su enemigo.

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