Ir al contenido principal

Una de flores

Realmente es para tenerle miedo. Nidia cada día se hacía más cruel. Más retorcida. Y aquel día en su casa lo demostró.

-Es imposible. No se me ocurre nada de este libro que nos sirva para acabar con el ínclito. Más allá de vampirizarlo o clavarle una estaca.
-Tate, yo no le clavo nada- Me dio la risa, que se le va hacer.
-Si que lo hay –dijo Nidia leyendo un breve capítulo. El encuentro entre Edward y Bella en un prado lleno de flores.
-Vale –dijo Cecia- Nos lo ligamos, buscamos un prado y le dejamos morir al sol y le llenamos el cuerpo de cristales para que brille.
-Yo no me lo ligo. Lo siento pero no ¡QUE NO! que por ahí no paso. Ni pasaré. Me niego. reniego... mira... que no... que es moreno
-Déjalo, Daira, al final, lo harás- le dije con resignación
-No iba por ahí.
-¿NO? – preguntamos al unísono Cecia, Daira y yo.
-No, pensaba en flores.
-¿Ein?

Y la maquinaría infernal se puso en marcha. D. Arturo había sobrevivido a guerras inhumanas, pero estaba claro que nada podría hacer contra la maldad de Nidia, la inteligencia de Cecia, la belleza de Daira, y mi borreguismo sectario y enamoradizo por Nidia. En lo que había quedado yo, Abadon, un angel exterminador venido a menos. Pero sólo así, uniendo nuestras virtudes y defectos, se entiende que averiguásemos en que lugar comía Reverte y que -¿cómo lo logrará la bella mujer?- Daira cambiase su puesto en el hotel por los fogones del restaurante chiclanero. Platos caseros que, de un día para otro, se convirtieron en florares.

Cecia se encargó de buscar las venenosas y amarillas flores. De comprarlas lejos, muy lejos de casa. Aquellas que Nidia había localizado por internet y ella, la simpática e inteligente Cecia, había ido a recoger en Carcassona. Y yo, contento como estaba con mi trabajo en el Atlántico, me vi obligado a arrastrarme tras Daira a aquel pequeño y asqueroso tugurio de menús del día. Y cada día desde que llegamos me tuve que pelear con albañiles, pintores y fontaneros por algo en lo que no creía: la comida de Daira. Hasta que por fin apareció D. Arturo Perez-Reverte. Le llevé su plato al grito de "Una de flores". Que hermoso plato, amarillo y azul, como una tarta de ascenso cadista pero con regusto de descenso a los infiernos. Y él, educado como es, se lo comió sin rechistar. ¡cagoendie! aquello debía estar asqueroso. Pero él aguantó el tirón. Fue corresponsal de guerra, y eso se tiene que notar, supongo.


Y, de pronto, comenzó a vomitar. Todo amarillo ¡Pardiez! con algo de azul. Tanto echó que le acompañé en su echar. Tanto echamos que el dueño del antro comidal llamó a una ambulancia. A una sola. ¡coño! que somos dos. Y en ella marchamos al Puerta del Mar, cogiditos de la mano. Él moribundo si no muerto, yo, simplemente, asqueado....

Comentarios

Eduardo Flores ha dicho que…
Jajajajajajajaja:

Me encanta Javi. Estas entradas cuasi terroristas contra el de Cartagena son de una originalidad estupenda. Por otro lado, no puedo dejar de sentir cierta atracción por tus letales compañeras de homicidio. No existe cosa más bella que una asesina confesa.


Un abrazo Javium Máximus Fornelius,
Eduardo Flores.
Javier Fornell ha dicho que…
MUchas gracias, Edu. Lo cierto es que mis letales compañeras de lectura son muy divertidas, demasiado, a la par que pervesas.

Por cierto, el cartagenero está ahora mismo en Chiclana. Juro y perjuro que cuando escribí la entrada no lo sabía.

Entradas populares de este blog

Aventuras de Fernán Garces. 1ª Entrada.

I 1488 Arguim El viento azotaba las velas y la nave se movía al vaivén de las olas. Paseé la mirada por la cubierta y vi rostros curtidos que rezaban atenazados por el miedo, pues el mar es madre del marino e igual que arrulla unas veces, castiga los pecados otras muchas. Y aquel día Dios Nuestro Señor parecía dispuesto a castigar los nuestros haciéndonos zozobrar frente a Arguim. La costa se mostraba desafiante, recortada en el cielo de la mañana aparecía grisácea cada vez que La Gitana se alzaba sobre las olas. —¡Maldita la hora en que decidisteis salir, Fernán! —me aferré al timón, ayudando a Jácome para mantenerlo firme. —Era necesario —respondí— Debíamos adelantarnos al resto para realizar esta empresa. —Voto a Dios, Fernán, que la locura de Pedro Cabrón sigue viva en vos. Mi risa fue acallada por el ruido de los truenos y la conversación interrumpida por el fuerte viento que acompañaba la tormenta. Temí por el velamen, pero ya era tarde para recoger el apare

Toledo, una serie que se queda a medias

Ayer vi Toledo, y supongo que seguiré viéndola mientras sea capaz de soportar la calidad ¿interpretativa? de Maxi Iglesias (alguien, algún día, tendrá que explicar porque a este chico se le siguen dando protagonistas con los buenos actores que hay en España). Aunque como historiador, recreacionista y –mal- esgrimista no puedo más que ponerle algunos peros. 1º.- Cuando haces una serie histórica de pretendida calidad tienes que tener cuidado con los personajes reales. En la serie tenemos al Infante Fernando de la Cerda y al príncipe Sancho; el primero rondando los 16-18 y el segundo superando con creces los 20. Pero la realidad es que Fernando es el segundo hijo  de Alfonso X (nace en 1255) y Sancho es el tercer hijo varón  del rey (nace en 1258), con lo que en la serie debería tener 13-15 años. El primogénito, Alfonso Fernández, Señor de Molina y Mesa, es hijo natural y no entra en la línea sucesoria. 2º.- En varias ocasiones se le llama “príncipe” cuando hasta 1388, con el futu

Corona o Reino de Aragón

Ni Aragón, ni Cataluña, ni Valencia son entidades anteriores a la Edad Media. Hasta 1163, con Alfonso II, no se distinguirá entre reino y corona de Aragón. En la Corona tendrán cabida todos los reinos, condados y señoríos que guardan algún tipo de dependencia con el rey aragonés. Esta existencia de diversas entidades autónomas en muchos aspectos, solo es entendible desde la expansión territorial a costa de los reinos musulmanes del sur. En esa expansión los nobles irán recibiendo tierras y beneficios. Expansión que acabará chocando con la realizada por el condado catalán. Con respecto a Cataluña, entrará a formar parte de la corona después del casamiento de Petronila (hija de Ramiro II de Aragón) con Ramón Berenguer IV, conde de Cataluña, quien, a pesar de ejercer como tal, no toma el título real. Durante el siglo XIII la Corona de Aragón continúa con su política expansionista hacía el norte, pero tras el Tratado de Almizrad de 1244 y la derrota de Pedro el Católico en Muret,