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La cabaña

Recuerdo aquella cabaña con cariño. Pasábamos mucho tiempo en aquel descampado junto a la casa de mis abuelos. En aquel descampado conocí a Cocom y su hermana y, sobre todo, pase horas construyendo nuestro cuartel general. Nos ayudaron mis hermanos, ventajas de ser el hermano pequeño, supongo. Nosotros queríamos hacer una cosa normal. Aprovechar el montículo y cubrir los laterales con ramas de pino. Ellos prefirieron hacer otra cosa. El resultado fue una cabaña cubierta. Vaciaron el montículo antes de cubrirlo con maderas, plástico y arena. Desde la calle no se veía y nuestro cuartel general se convertía en secreto. Solo nosotros, con 12 o 13 años, conocíamos su existencia y, hiciese frío o calor, allí estábamos. En algunas zonas podíamos estar sentados pero la mayoría nos veíamos obligados a tumbarnos.


Y aquel día fui yo quién me tumbé al fondo. Fui el primero en entrar en nuestro cuartel general secreto. Y grité. Muerto de miedo. Pero también de dolor. Salí gateando tan rápido como mis piernas me dejaron. Los ojos fuera de orbita y una frase repetida una y mil veces:

-¡Un monstruo! ¡enorme! ¡con pinchos!

Isa entró en la cabaña. Y salió tan rápido como yo. Había escuchado al monstruo al fondo. Mis primos también metieron la cabeza y la sacaron. Ninguno nos atrevíamos entrar y no lo hacíamos. Aunque cada día nos acercábamos hasta nuestro cuartel general secreto e invadido y metíamos la cabeza para escuchar al monstruo. ¡Y allí seguía!

Al final optamos por la solución más drástica. Llamamos a mis hermanos para explicarles el problema que teníamos con el monstruo. Y, ellos, se rieron de nosotros. Así que decidimos cazar a nuestro enemigo y fuimos prestos y armados con palos y piedras a por el monstruo. Yo fui el primero en entrar, como un caballero andante a la caza de un dragón. Entre andando, después gateando y, finalmente, reptando hasta lo más hondo de nuestra cabaña. Con la linterna en una mano y el palo en la otra. Y, entonces, lo vi. Acurrucado en un rincón, se encogió al ver la luz, se hizo una bola que me impedía coger y sacar al maldito puercoespín.... Así que, al final, decidimos compartir la cabaña y el monstruo se convirtió en nuestra punzante mascota.

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